En junio de 1997, Soledad Rosas, de 23 años y licenciada en turismo, salió de Buenos Aires rumbo a Europa con el supuesto objetivo de trabajar y perfeccionarse en su especialidad.
Un año después, cuando la encontraron ahorcada en Turín, estaba presa y acusada de ser la terrorista más peligrosa de Italia.
Varios años después, Martín Caparrós reconstruyó toda su trayectoria, tanto en la Argentina como en Italia, y volcó los resultados de su investigación en un libro titulado "Amor y anarquía. La vida urgente de Soledad Rosas". De él extraje este texto anarquista que los grupos con los que se vinculó Soledad habían hecho circular por aquellos años.
"La desertificación del campo, el amucharse en las periferias sin nombre y en ciudades invivibles, la vida totalmente dominada por los imperativos económicos, el tiempo libre y la diversión transformadas en mercadería, el creciente sentimiento de la absurdidad de una vida semejante y la continua fuga hacia adelante para tratar de olvidarlo, son la suerte común de nuestra época. El transporte rápido de las mercaderías y los hombres era una exigencia esencialmente económica y se volvió un fin en sí: las exigencias funcionales de la vida estereotipada de los dirigentes, mediadores y cortesanos de esta movilidad mercantil se impusieron al conjunto de la población como necesidades dominantes. El único interés general que merece ser discutido en este fin de siglo es la tentativa de poner fin al saqueo de la vida, y no la de ganar unos minutos. Y el único crecimiento que vale la pena afirmar es el de la existencia humana, el único que permitirá salir de esta oscura prehistoria económica. Nadie se ocupa del desastre. Aunque no todos vivamos junto al recorrido de un Tren de Alta Velocidad, todos vivimos a lo largo del trayecto de la economía". Folleto de autor anónimo citado por Caparrós. Circulaba en los ambientes anarquistas italianos a mediados de los noventas.
Y otro suponía que "el placer de viajar percibido como un descubrimiento es una cosa, la obligación de desplazarse lo más rápido posible es otra. Los TAV no son más que la respuesta a esta falsa necesidad de recorrer el mayor espacio posible en el tiempo más breve. ¿Pero de qué espacio y tiempo están hablando? ¿De un ir y venir masturbatorio de Turín a París y de París a Milán, cada uno agarrado a su agenda, seguro de encontrar la misma comida trucha, la misma bebida insípida, el mismo aburrimiento que habría podido encontrar en la estación de partida?"