Un breve artículo acerca del rol del padre en los comienzos del siglo XXI. Tiene un carácter más propio de un texto periodístico o de divulgación que el de un ensayo científico pero creo que vale la pena agregarlo a nuestro bagaje. Lamentablemente, no recuerdo de dónde lo obtuve para citar la fuente.
¿Qué hay de nuevo, papá?,
por Sergio Sinay
Suele decirse, con cierta facilidad, que hay un “nuevo padre” y se alude así a un hombre más comunicado con sus hijos, más preocupado por ellos, más “colaborador” con la madre. Pienso que la calificación transmite más una expresión de deseos y una necesidad que una realidad ya consumada. Una cosa es cierta: el modelo de padre proveedor (de simiente, de apellido, de sostén material, de recompensas y castigos) está agotado luego de muchas generaciones de haber dejado en los hijos una profunda hambre de guía y de presencia emocional, de contención espiritual, de contacto afectivo íntimo.
Muchos hombres persisten, sin embargo, en ese modelo porque es el único que conocen. Muchos otros desertan de ese rol sin remplazarlo. Muchos otros lo rechazan sin encontrar la transformación. Y hay padres que, sí, están más cerca emocionalmente de sus hijos, tienen presencia real ante ellos y “colaboran” en su crianza. Pero en la mayoría de los casos son aún “colaboradores” de quien, en nuestra cultura, aparece todavía (o consciente o inconscientemente) como la “dueña” de los hijos: la madre. El paso dado por estos varones es importante y marca una tendencia. Denuncia la necesidad de reinstalar al padre en un lugar central y no marginal (o meramente proveedor) en la crianza. Sin embargo, no cierra ni agota la misión que está abierta para los hombres contemporáneos: hacer de la paternidad una exploración abierta y colectiva, persistir en la transformación de este rol, recuperarlo en su totalidad.
Los varones que hoy transitan un modelo paterno diferente, no siempre lo hacen por elección. La crisis económica y social ha arrojado a muchos hombres lejos de su espacio de productores y de proveedores. Desde esa situación hay quienes se refugian en el espacio doméstico resignados, con la sensación de que su masculinidad se ve disminuida o desvalorizada. No es la mejor situación para redescubrir la paternidad y dotarla de un nuevo significado. A otros les ocurre lo contrario. Al recalar en lo doméstico (hogar, hijos, crianza) como consecuencia de su pérdida de espacio laboral o porque sus mujeres salen al mundo del trabajo, ya sea por elección o necesidad, descubren en el ejercicio de una paternidad presente y activa una fuente de realimento, de ampliación y de enriquecimiento para su condición de hombres. Quizá estos casos no son aún mayoritarios, pero son los más significativos como tendencia a profundizar.
Para cumplir con esta nueva experiencia el papá necesita empezar por ocupar un lugar cercano y propio junto al hijo. Es cierto que en los últimos años los varones hemos protagonizado transformaciones en el escenario de la pareja y de la familia. Muchos hemos tenido un papel más protagónico que el de nuestros padres en la crianza de nuestros hijos. Y se escucha a más mujeres decir: “Mi marido colabora conmigo, cambia pañales, da la mamadera, llama al médico”, etc.
Tienen razones para estar contentas. Sin embargo estos padres no son aun, en mi opinión, los papás del nuevo milenio. Son papás en transformación. A los padres nos resta aún parte del camino para instalarnos en el lugar completo e irremplazable de la paternidad. Y comenzaremos a recorrerlo en la medida en que comprendamos que nuestra función no es “colaborar” en la crianza, sino participar en términos de igualdad en ella. Cuando digo participar me refiero a todos los aspectos (cotidianos y a largo plazo, espirituales y materiales, físicos y psicológicos, íntimos y sociales) de ese proceso.
Si algo definirá a los nuevos padres en cierne será su conciencia de ser una de las dos energías distintas e insustituibles que participan de la crianza de los hijos. La suma de esas energías da una nueva forma, es una sinergia. El papá no es un ayudante de la mamá en la crianza, sino el responsable de ejercer funciones y transmitir energías, emociones, pensamientos, sentimientos y contactos únicos, necesarios, irremplazables. Para el principio de este siglo ha sido un avance importante que muchos papás hayan empezado a tener ante sus hijos una presencia que va más allá de poner la semilla, el apellido y el aporte material de la crianza. La gran misión sigue siendo consolidar una paternidad activa física, afectiva y emocionalmente.
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