A cincuenta años de la muerte de Trotsky, el diario Clarín publicó, en la página 9 de su edición del 21 de agosto de 1990, tres breves artículos acerca de este célebre revolucionario. Aquí está la transcripción de los mismos.
Al expirar el 21 de agosto de 1940 moría León Trotsky abatido por la herida que le provocó Ramón Mercader con una pica. Trotsky, quien vivía entonces exiliado en México, se había convertido en el enemigo acérrimo del régimen soviético de José Stalin. La figura de aquel hombre pequeño y tenaz, creador del "Ejército Rojo", teórico de la "Revolución Permanente", es recreada por tres intelectuales argentinos: el conocido historiador Félix Luna, su colega Alberto Pla, investigador y profesor en la Facultad de Humanidades de Rosario, y el ensayista José Aricó.
UNA FIGURA SHAKESPERIANA
por José Aricó
Recordar el brutal asesinato de Trotsky obliga a reflexionar sobre el valor y la importancia de su obra de dirigente revolucionario y de teórico del movimiento comunista dejando de lado los tabúes ideológicos y estrechos sectarismos heredados del stalinismo. Hasta hace muy poco tiempo esta empresa era casi imposible; la desintegración del régimen despótico que su asesino contribuyó como nadie a consolidar, y del que Trotsky fue un irreductible enemigo, la ha vuelto necesaria.
Por un acto elemental de justicia y de reparación histórica y moral, pero también -y yo diría fundamentalmente- porque la revolución política antiburocrática que hoy sacude a los países del Este arrastra con violencia a la superficie las contradicciones que él supo describir con perspicacia, sin poder darles una resolución teórica y práctica aceptable.
Trotsky fue una de las personalidades más notables e interesantes de este siglo y su nombre está indisolublemente asociado a las dos grandes revoluciones rusas. Su celebridad deriva del papel relevante que cumplió en ambas, como líder del soviet de Petrogrado en las ardientes jornadas de 1905 o presidiendo el mismo soviet en la insurreción de octubre de 1917 y luego como inspirador, organizador y jefe del Ejército Rojo durante la guerra civil de 1918-1920.
Un coraje civil a toda prueba, junto a un temperamento audaz tanto en las controversias doctrinarias como en la acción directa, hacían de Trotsky un hombre particularmente dotado para orientarse con inteligencia en los momentos de la tempestad revolucionaria. Orador excepcional, tenía la fascinante cualidad de interpretar los sentimientos de las multitudes y de saber guiar sus reacciones. Pero era, además, un escritor talentoso sobre los más diversos problemas históricos, políticos y culturales.
Calificado como ningún otro para navegar en la tormenta, sus limitaciones se evidenciaron con nitidez cuando la revolución quedó aislada. La tendencia a llevar hasta los extremos las posiciones que adoptaba no se compadecía con su agudeza analítica para descubrir los elementos nuevos que el estancamiento hacía aflorar. Su desmedida confianza en sí mismo, su soberbia, en definitiva, lo tornaban insensible a la exploración de los puntos de fuerza y de debilidad de sus amigos y de sus adversarios. Le faltaba esa aguda sensibilidad que Stalin poseía en extremo y que le posibilitó derrotarlo con facilidad. A él que era toda una leyenda...
EL PROFETA
En la monumental biografía que le consagró, Isaac Deutscher lo define como un profeta. "Armado" primero, cuando junto a Lenin fue el protagonista principal de los hechos de octubre, "desarmado" luego, cuando fue obligado a vivir en el exilio. Por la solidez de su cultura, su vivacidad intelectual, la agudeza de su visión histórica y la firmeza de sus convicciones, fue verdaderamente un profeta. En cuanto a lo de "armado", la impotencia de su acción cuando se cortaron los lazos que lo unían al movimiento demuestra hasta dónde su fuerza emanaba de otra fuente.
Figura shakesperiana de un drama histórico que está llegando a su fin, Trotsky merece todo nuestro respeto porque en las difíciles condiciones del exilio y de los inicios de una guerra mundial cuyos resultados eran imprevisibles, supo llevar su extraordinario coraje intelectual hasta preguntarse por la verdad o no de las ideas a las que dedicó su vida y su muerte.
BUENOS AIRES SE CONMOVIO
Por Félix Luna
Recuerdo bien la conmoción que produjo en Buenos Aires la noticia del asesinato de León Trotsly, como recuerdo el magnífico dibujo de Alejandro Cirio que ilustró en ese momento un artículo de La Nación sobre el eterno revolucionario. La conmoción que digo no alteró, por supuesto, la placidez de la vida argentina de aquellos años, pero sacudió a la gente politizada -hoy diríamos progresista-. Creo percibir que entonces la imagen de Trotsky era más bien negativa. En aquella época se miraba con alguna simpatía la experiencia soviética, a pesar de las noticias sobre los procesos de Moscú y no obstante el pacto Ribbentrop-Molotov.
La perspectiva de los años y las investigaciones de historiadores como Carr y Deutscher han permitido modificar sustancialmente aquellos juicios. Trotsky ha recuperado su original estatura de revoluicionario puro. En realidad pertenecía a una casta que dio expresiones relevantes en los siglos XIX y XX, pero que tiende a extinguirse. El arquetipo de revolucionario, que consagra su vida a un cambio drástico y aun violento de las cosas en pos de un ideal milenarista, pertenece a un costado romántico y atractivo de la historia que se va agotando irremisiblemente. Personajes como Bakunin o el "Che" Guevara pueden inspirar fascinantes reconstrucciones de vidas, pero raramente puedan repetirse en le futuro. Trotsky soñaba con una revolución mundial a la que dedicó todos sus esfuerzos. Pero la realidad es obstinada -decía su maestro Lenin- y lo aplastó. Confinado primero en Mongolia, expulsado luego de la URSS, peregrino de un patético intinerario que lo llevó a Turquía, Francia y Escandinavia, recaló por último en México, de donde fue definitivamente exiliado por la pica de Ramón Mercader, esgrimida, en realidad, por el largo brazo de Stalin. En cierto modo, murió oportunamente: un año más tarde Hitler invadía la URSS y Trotsky se hubiera visto ante el angustioso dilema de apoyar al régimen del que fue el más inteligente acusador, o permanecer pasivo frente al holocausto de su pueblo.
Su derrota frente a Stalin lo salvó de renunciar a su condición de revolucionario puro. Porque, a mediados de la década del 20, cualquier gobernante de la URSS hubiera tenido que sacrificar la vocación internacionalista de la revolución soviética, aplastar la resistencia de los pequeños propietarios rurales, industrializarse a toda costa y reprimir cualquier conato contrarrevolucionario. Stalin lo hizo brutalmente.
Trotsky hubiera usado acaso otro estilo, pero hubiera tenido que hacerlo igual.
Y esto resultó evidente cuando fue comisario del Ejército Rojo y aplicó los mismos métodos represivos que su rival usaría con los "kulacks" (los pequeños propietarios de tierra) y con los supuestos enemigos del régimen. Paradójicamente el triunfo de Stalin y la pica de Mercader le permitieron seguir siendo fiel a la pureza de sus ideales. Y así ha pasado a la historia, excepto en su propia patria, donde todavía no ha llegado la hora de su reivindicación póstuma porque después de medio siglo de su muerte sigue representando una concepción politica hermosa y lógica, pero de imposible cumplimiento: un mundo unido en la paz, sin países explotadores ni pueblos explotados, habitado por sociedades exentas de toda injusticia.
SIGUE PROHIBIDO
Por Alberto Pla
En el cincuentenario del asesinato de Trotsky, su figura se agranda al compás del tiempo histórico. Como socialista revolucionario polemizó con Rosa Luxemburgo y a veces también agudamente con Lenin, a pesar de ser ellos los principales artífices de la Revolución de Octubre de 1917, pero con quien nunca coincidió fue con Stalin. Hasta que Stalin lo hizo asesinar en México, en agosto de 1940. No obstante haber sido el más antiguo y consecuente crítico del stalinismo y también el exiliado más importante en la historia de la URSS, aún hoy, con "perestroika" y "glasnot" incluidas, Trotsky sigue interdicto por la burocracia, lo que es coherente, pues aún reformándose, la burocracia de Estado sigue siendo la heredera de Stalin.
Trotsky fue protagonista con su acción y con sus ideas. No hay temas centrales en donde no aparezca un aporte suyo: en la defensa del psicoanálisis cuando en la URSS se lo calificaba de "ciencia burguesa"; en sus estudios económicos donde incorpora el concepto de esfuerzo "óptimo" y contra la política de colectivización forzosa e industrialización forzada, sosteniendo la necesidad de una "nep" durante la transición; en su condena a la guerra imperialista en 1939 y 1940 y en la denuncia del pacto Hitler-Stalin.
Trotsky vivió en la primera mitad del siglo XX y con su vida y sus ideas estableció la más consecuente defensa y continuidad del pensamiento de Marx.
Digamos simplemente que no fue su profeta sino que, como marxista consecuente, trató de entender su época y su mundo y actuar en consecuencia com socialista. La derrota de Trotsky, trágicamente simbolizada en su asesinato el 20 de agosto de 1940, se transfigura en una nueva vigencia y actualidad a ritmo inverso de lo que es el hundimiento mundial del stalinismo y lo que representó de dictadura.
El hundimiento del stalinismo tanto en la URSS cuanto en el mundo era y es condición previa indispensable para la regeneración del socialismo. No se trata de voluntarismo sino del más crudo realismo. La necesidad de la "revolución política" en la URSS que planteaba Trotsky no se podía entender a plenitud hasta que ese stalinismo sucumbiera.
La burguesía necesitó cuatro siglos de revoluciones burguesas y seguimos con un capitalismo con crisis, desocupación, hambre, corrupción, guerras y dictaduras que se reiteran. El socialismo recién sale de su primera experiencia histórica, y 70 años de vigencia en la URSS, aun con todo el terror stalinista, no entierran al socialismo o al marxismo. Si el stalinismo simbolizó la más aguda crisis del marxismo contemporáneo, la actual crisis del stalinismo es el paso adelante más significativo de un marxismo como lo entendieron Marx y Trotsky.