Era el 11 de mayo de 1946. El reloj de la estación ferroviaria marcaba las tres y quince de la tarde. Pedro Henríquez Ureña llegó apresuradamente al tren que desde hacía años lo llevaba a diario de Buenos Aires -donde residía- a La Plata -donde impartía clases. Un amigo le señaló un asiento vacío. Colocó su sombrero en la repisa, le dirigió una frase amable y, antes de sentarse, se desplomó. "Así murió Pedro camino a su cátedra, siempre en función de maestro", escribió años despues su hermano.
¿Quién era este dominicano con enorme vocación docente? Nos lo relata el mexicano Enrique Krauze.
El crítico errante: Pedro Henríquez Ureña
por Enrique Krauze
El fin que buscamos es la redención no del exilio, sino en el exilio:
destruir el exilio, idealizándolo.
Rabi de Polnoye, siglo XVIII
La posteridad literaria, ya se sabe, es veleidosa y quizá imprevisible pero no injusta. Temiendo su incomprensión o su olvido pocos se atreven a verla cara a cara. Pedro Henríquez Ureña fue uno de ellos:
Mi vanidad me dice que yo, que a los ojos de unos cuantos mexicanos y cubanos soy una personalidad singular, corro el peligro de pasar, no diré a la historia, sino a la croniquilla literaria de América, como una leyenda engañosa: personaje de quien se cuentan cosas de interés espiritual, originalidad, influencia y demás, y que en su obra resulta ser un escritor sin libros, y de unas ideas y de un estilo más o menos académicos y acaso pedantes (hay más académicos de lo que piensa nuestra filosofía). Mi vanidad sigue diciendo que, si yo supiera escribir, pudiera ser autor de algo como el Camino de perfección .
Desgraciadamente, su humildad no lo engañó por entero. Ha pasado a la historia literaria con mayor reconocimiento de lo que pensaba su filosofía, pero su recuerdo carece de un asidero tangible. Su obra completa se está publicando apenas, sin buena distribución, en Santo Domingo. Su archivo guarda originales inéditos y un tesoro epistolar que sólo se apreciará el improbable día en que un biógrafo "a la inglesa" dedique años a rescatarlo. Las antologías de su obra que han aparecido en México y Venezuela incurren en defectos graves: no son un ejemplo de arquitectura y equilibrio, no dan idea de las estaciones espirituales en la vida del escritor, atiende con exceso al historiador y ensayista literario, y omiten casi por entero, al brillante periodista político, al pensador moral y al cuentista que Henríquez Ureña -con cuentagotas, es cierto- también fue.
Pero su humildad tenía razón. Era antes que nada un escritor moral que no escribió el Camino de perfección : lo recorrió e inició a muchos otros en su recorrido. Su obra publicada e inédita guarda enseñanzas y quizá relaciones, pero sería inútil buscar en ella el sentido de su vida. No fue un hombre de tierra firme. Fue un marinero intelectual. Su huella quedó en las tertulias de los puertos, en las cartas a los amigos, en sus múltiples travesías y en el mar.
Fragmento de patria
En la conciencia de Pedro Henríquez Ureña existió siempre la imagen de un paraíso perdido. La isla antillana donde nació había sido la novedad del Nuevo Mundo, la "cosa más hermosa" ... "verde y fertilísima" en palabras de Colón, quien la bautizó como "La Española". Durante la primera centuria que siguió al descubrimiento, Santo Domingo, su capital, disfrutó de una primogenitura histórica: alojó la primera catedral de América, el primer monasterio, la primera universidad. Muy pronto, sin embargo, las riquezas de otras provincias y virreinatos mermaron el encanto inicial de "La Española". Cuando en Nueva España o en Perú apenas apuntaba el largo y ambiguo esplendor colonial, la isla, desdeñada por sus descubridores, entraba en una "prematura decadencia".
Pasaron los años y los siglos. Santo Domingo no olvidó su privilegio inicial y en sus artes y letras siguió siendo fiel a la España infiel, que en 1697 cedía a Francia el tercio occidental del pequeño territorio. Un siglo después la cesión abarcó toda la isla. En 1809, con ayuda de los ingleses, la porción vuelve a unificarse con España pero el alivio dura poco. En 1821 España propicia la disgregación de sus colonias y la República Dominicana nace a una independencia forzada, a una orfandad. De inmediato busca el abrigo de la Gran Colombia, pero en 1822 la invaden los haitianos. La dominación duraría veintidós años. Su designio era borrar la cultura española de la isla. Las familias se exilian, se cierra la universidad, se arruinan los conventos y palacios. Algunos dominicanos fieles a la raíz española se repliegan a una vida de catacumbas. Varios sacerdotes de la cultura enseñan filosofía y ciencias, y recitan casi secretamente El Cantar del mio Cid a pequeños grupos de jóvenes. Como nuevos "hijos de Sion", viven en "cautiverio babilónico".
Al concluir en 1844 el período de dominación haitiana no terminan las desventuras. el país entra en una larga búsqueda de organización política e identidad nacional. Buenaventura Báez y Pedro Santana ejercen poderes dictatoriales. De 1861 hasta 1865 la nostálgica República vuelve a unificarse con España. Un nuevo dictador, Ulises Heureaux, toma el poder en 1882: introduce caminos, propicia la inversión extranjera y coarta la libertad política e intelectual. Al morir asesinado en 1899, se inicia un nuevo período de inestabilidad que muy pronto aprovecha el nuevo arrogante imperio norteamericano: en 1905 ocupa las aduanas y en 1916 invade el país. El ciclo de dictadura interna y dominación imperial llegaría casi hasta nuestros días.
Con todo, durante la segunda mitad del siglo XIX la nacionalidad dominicana dio pasos firmes hacia su consolidación. En 1880 la Sociedad de Amigos del País -inspirada en sus homónimas ilustradas de España- trabajaba en todos los frentes de la cultura, la ciencia y las humanidades. Es el momento en que llega a Santo Domingo Eugenio María de Hostos, el educador portorriqueño que no había olvidado su estirpe dominicana. Su propósito, expresamente, es formar antillanos para la confederación, la futura patria común que debería construirse “con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos”. Aunque el dictador lo expulsa en 1888, Hostos había creado ya, con ayuda de aquella Sociedad, el Instituto Profesional, la Escuela Normal y dos instituciones paralelas: la Escuela Preparatoria -cuyo director es el científico y escritor Francisco Henríquez y Carvajal- y el Instituto para Señoritas, cuya directora es la poetisa -la profetisa- nacional, Salomé Ureña. Ambos formaban parte del movimiento juvenil que fijó la conciencia de la nacionalidad dominicana en instituciones, en libros, en versos y en el destino de Pedro, el segundo hijo de su matrimonio.
Hay vidas que se construyen de espaldas al pasado. Hay otras que prescinden de él, lo transforman, lo trascienden. Sólo por excepción el pasado se adelanta y desdobla en futuro. Es el caso de Pedro Henríquez Ureña. Su biografía individual sólo se entiende a partir de la biografía de la República Dominicana -o, al menos, de su sector ilustrado-. Los elementos que normarían su vida estaban inscritos antes de que naciera en 1884. Allí estaba ya su nostalgia del origen español: una orgullosa conciencia de primogenitura y heredad acompañada del agravio permanente por el desdén y el abandono. "Fragmento de patria", ni siquiera una isla completa, zona de tránsito que aprovechan caudillos e invasores, la República Dominicana esquivó sus ilusiones de progreso típicas del siglo XIX americano y guardó su hispanidad como una reliquia: pertenecer a España era la única forma de pertenecerse. Fragmento dentro de ese fragmento, Pedro Henríquez Ureña amó a la España fiel, la del Renacimiento y el Siglo de Oro, y receló de las culturas invasoras: Francia y Estados Unidos. Igual que su patria añoró la Gran Colombia, así Henríquez Ureña -escribe Borges- "engañó su nostalgia de la tierra dominicana suponiéndola una provincia de una patria mayor": América. La engañaría también acercándose apenas y de prisa a España, ensayando el paisaje afín de la cultura cubana, abandonándose en dos ocasiones al torbellino de México, buscando la vida civilizada de Buenos Aires o cancelando en Santo Domingo un exilio que no estaba en él terminar.
Alguna vez se revelará el misterio de su trasegar. El destino dominicano lo prefigura pero no lo explica. Quizá la clave esté en un dato casi inadvertido: su familia paterna provenía de la numerosa comunidad judía de Curazao, establecida en 1651. Hacia fines del siglo XVIII, cuando Francia se apodera de Santo Domingo, los judíos de Curazao padecen rivalidades internas y emigran. Quizá los Carvajal, la otra rama paterna, provenían también de Curazao. Es muy probable que Noel Henríquez, abuelo de Pedro, careciese de vínculos judaicos cuando emigró de Curazao, pero la ambigüedad de su origen permeó a sus hijos y nietos. Conducta típica: el inmigrante o el converso adoptan con fervor y urgencia la nueva patria o la nueva fe. Para borrar los orígenes se buscan y magnifican nuevos orígenes. Para emanciparse de un pasado de segregación, se inventan futuros ecuménicos. Pero la sed de identidad no se sacia. Y si por la vertiente paterna había una raíz que olvidar, el lado materno acusaba, visiblemente, ramificaciones difíciles, ancestros negros.
Henríquez Ureña nunca negó su raíz no española, pero tampoco la vindicó. Buscó integrarse a una fraternidad ideal por encima de las diferencias de religión o raza. En su España ideal o su América utópica apenas se mencionan el cristianismo o la negritud. Su patria es humanista y espiritual: sin prejuicios ni inquisición. Al margen de la fe, al margen de la piel.
Como los grandes pensadores -hacedores de la América Hispana- González Prada, Sarmiento, Varona, Hostos, Justos Sierra vio en la educación y la cultura la vía única para librar las distancias históricas y pasar de la "barbarie a la civilización". Pero a diferencia de ellos, su método lindaba con el sacerdocio. Se sintió depositario de un legado, que por origen no le pertenecía, testigo de una fundación civilizadora a la que sus antepasados no habían acudido. Es verdad que engañó su nostalgia, pero también la encarnó creativamente. Su tierra prometida no estaba en la tierra sino en los libros: era la cultura y la lengua de España y América. De esa patria espiritual lo fue casi todo: inventor y profeta, descubridor y conquistador, historiador y cronista, misionero y maestro.
Utopía de pertenecer
Su infancia y adolescencia transcurren en "el culto exclusivo de lo intelectual". A los once años, antes de entrar a la escuela, conoce los dramas de Shakespeare, la enorme Historia natural de Brehm, los versos de Sor Juana, las cartillas de Appleton, los matemáticos españoles. Con Max, su hermano menor, reúne antologías de poetas dominicanos, organiza veladas literarias, edita revistas domésticas, lee a los clásicos del Siglo de Oro, a Tolstoi y, con veneración, a Ibsen. Su madre, que había invertido en sus juegos infantiles "algo serio que a pensar inclina", escribiría antes de morir en 1897 esta sencilla estrofa:
Así es mi Pedro: generoso y bueno.
Todo lo grande le merece culto;
entre el ruido del mundo irá sereno,
que lleva de virtud germen oculto.
Aquella arcadia intelectual no lo fue tanto. El padre era enemigo político de Ulises Heureaux y osciló continuamente su residencia entre Cabo Haitiano y Santo Domingo. El exilio, realidad cotidiana en la vida de la Isla y hasta cierto punto consustancial a su historia, fue desde el principio una forma de ser para Pedro Henríquez Ureña. Por más antigua y entrañable que fuese la patria dominicana; la discordia política hacía que su integridad e independencia pareciesen recientes, frágiles, provisionales. Todo, hasta la geografía, invitaba al mar.
El 30 de enero de 1901 Pedro llega a Nueva York donde permanece tres años. Mientras los hados políticos favorecen al padre, se dedica de nueva cuenta al culto exclusivo de lo intelectual y artístico. Todo lo asombra, todo lo asimila: música, arte, conferencias, teatro, ópera, literatura. Como el Doctor Johnson, no lee libros: lee bibliotecas. En 1902 hay un nuevo vuelco de la suerte. Para sostenerse, ya sin la ayuda del padre que ha caído en desgracia, aprende teneduría de libros y dactilografía y consigue un empleo modesto. En marzo de 1904 emprende una nueva mudanza, esta vez a Cuba, donde se emplea en la casa comercial Silveira y Compañía y escribe para la revista Cuba Literaria. En 1905 se publica en La Habana su primer libro: Ensayos críticos. Rodó lo encomia por su solidez, moderación y seriedad. Un año después, “hostigado por el medio” y buscando “progreso e independencia”, parte hacia México. Cuba debió recordarle demasiado a su propia patria. México, en cambio, era cercano y grande, complejo y hospitalario. Lo había sido con Martí. Es la primera vez que pisa la parte firme de “Nuestra América”. No ha cumplido los 22 años.
Entre 1907 y 1914, Henríquez Ureña fue el centro de un movimiento que abrió y transformó la vida intelectual mexicana por lo menos en tres direcciones: influyó en la juventud induciendo nuevas corrientes filosóficas opuestas al positivismo, renovó el gusto literario y reintrodujo las humanidades a los currícula académicos. El mismo recordaba en 1914 los inicios de aquella revolución antes de la Revolución:
Corría el año de 1906; numeroso grupo de estudiantes y escritores jóvenes se congregaba en torno a novísima publicación, la cual, desorganizada y llena de errores, representaba, sin embargo, la tendencia de la generación nueva a diferenciarse francamente de su antecesora, a pesar del gran poder y del gran prestigio intelectual de ésta. Inconscientemente, se iba en busca de otros ideales; se abandonaban las normas anteriores; el siglo XIX francés en letras; el positivismo en filosofía. La literatura griega, los Siglos de Oro españoles, Dante, Shakespeare, Goethe, las modernas orientaciones artísticas de Inglaterra, comenzaban a reemplazar al espíritu de 1830 y 1867. Con apoyo en Shopenhauer y en Nietzsche, se atacaban ya las ideas de Comte y de spencer. Poco después comenzó a hablarse de pragmatismo.
Entre los miembros principales del grupo, destacaban: Alfonso Cravioto, Luis Castillo Ledón, Diego Rivera, Jesús Acevedo, Ricardo Gómez Robelo, Roberto Argüelles Bringas, Julio Torri pero sobre todo cuatro jinetes intelectuales: Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. La clave de su éxito era una pasión intelectual libre, desinteresada, solidaria, de la que Henríquez Ureña era el principal promotor: sus amigos lo llamaban “nuestro Sócrates”.
A pesar del prestigio creciente que adquieren por su conferencias, conciertos, discursos y por la fundación, en 1909, del Ateneo de la Juventud, los jóvenes tardan en doblegar por entero al corpus doctrinal positivista que resistió más que Don Porfirio Díaz. De poco valieron durante el maderismo los “sabrosos guisos” que hacían con los viejos positivistas independientes como Agustín Aragón a quien “desollaban vivo, como las anguilas”: los positivistas académicos -encabezados por un maestro serio y ahora olvidado: Porfirio Parra- seguían firmes en la Escuela Preparatoria. En 1912, Henríquez Ureña -Oficial Mayor de la Universidad- imparte apenas una clase de literatura en la Escuela Superior de Comercio y Administración, otra de “lecturas selectas” de Literatura en la Preparatoria y varios cursos libres en la Universidad Popular y la endeble escuela de Altos Estudios. A partir de 1913 su avance personal, como el del grupo, es más firme: dos cátedras formales sobre literatura inglesa y castellana en Altos Estudios; una Subsección de Estudios Literarios para la formación de críticos e historiadores en arte y literatura, y varias otras fundaciones. En 1914 el triunfo es total: con el nuevo plan de estudios, obra, en lo fundamental, de Henríquez Ureña, las humanidades retornan a la Escuela Nacional Preparatoria al tiempo en que se consolida la Escuela de Altos Estudios: “ejemplo de concordia y de reposo … en tiempos agitados”.
Su obra escrita en esos años no es menos abundante. Entre 1907 y 1910 no desatiende el teatro, la música y la literatura, por lo absorbe la filosofía. Publica artículos sobre Comte, Nietzsche, Bergson, Stuart Mill y hasta un texto sobre “las ideas sociales de Spinoza”. 1910 es un gran año: aparece en París su segundo libro Horas de estudio. Desde entonces atiende y promueve también los temas mexicanos. Junto con Luis G. Urbina y Nicolás Rancel escribe la Antología del Centenario (recuento de la literatura mexicana a partir de la independencia); al poco tiempo publica estudios sobre la métrica en la poesía mexicana y sobre Sor Juana; en 1913 imparte una conferencia en torno a Juan Ruiz de Alarcón donde insiste en una idea que ganaría influencia: la del carácter crepuscular en la poesía mexicana. Sus Tablas cronológicas de la literatura española se publican ese mismo año. En 1914 se recibe de abogado con una tesis sobre la Universidad. Es su homenaje personal a Justo Sierra y quizá la primera defensa de la autonomía universitaria.
Pero los tiempos no eran propicios para el estudio y la contemplación. El horizonte se nublaba día a día:
¡Hace poco rato -escribe Alfonso Reyes, radicado en París- se publicaron noticias de la declaración de bloqueo a México por los Estados Unidos. He sufrido una presión espantosa. Wilson promete no hacer la guerra; limitarse al bloque; y en caso de necesidad de intervención, darle a ésta un carácter exclusivo contra Huerta.
Sé que esas son las intenciones. Pero, con toda la buena fe del Ejecutivo de Washington, ¿podrán evitarse los actos de guerra? Eso es lo que me parece difícil, tanto que ya los doy por seguros. Y si entonces la revolución, odiando a Huerta y separada de él, ataca a los Estados Unidos, la situación será espantosa. La revolución parece prometer esa actitud. Si no la asumiera, y tolerara la intervención norteamericana, y gracias a ésta triunfara, ¿qué reputación podría tener en el país un gobierno fundado con esa base?
El ideal sería el bloqueo simple, que acabara con Huerta. A desearlo me entregaré en todos estos días. Entretanto, no hay execración suficiente para huerta. Fríamente considerado, sí creo que puede tenérsele por el más estúpido e infame gobernante de la historia de América. Su propósito fue siempre - desde hace meses se sabe- provocar la guerra para apoyarse en la simpatía que creyó había de despertar en el pueblo su actitud anti-yankee. Pero lo más significativo es que, hasta el mediodía de hoy, no hubo una sola manifestación en la ciudad de México. La simpatía por Huerta se limitaba, cuando yo salí de allí, a una minoría de empleados públicos. Se ve que la caída de Torreón y San Pedro, y la amenaza sobre Monterrey y Tampico, hicieron que Huerta considerara llegado el momento de apelar al último recurso, la ofensa a los Estados Unidos .
Su educada sensibilidad para el peligro lo persuadió. No había más remedio que emigrar. Alfonso Reyes lo esperaba en París. Encomendó diligentemente sus cátedras a los jóvenes Antonio Castro Leal, Manuel Toussaint y Alberto Vásquez del Mercado y partió hacia Cuba no sin que antes lo alcanzara el aguijón de la envidia. Algunos poetas menores lo atacaron con bajeza en la prensa: “Tenía yo demasiado éxito ya -confesó a Reyes-. La inauguración de Altos Estudios fue un triunfo”.
Aquella primera experiencia mexicana le dejó un sabor amargo. México había “destrozado” sus planes de vida. No hubiese querido salir, no había permanecido los ocho años finales y plenos de su juventud cimentado de muchas formas la cultura mexicana para luego abandonarla. Todavía esperó un tiempo a que la “estúpida situación mexicana” se definiese, pero muy pronto se convenció que México, “el pavoroso México”, era un caos:
México ha dejado de existir. Allí no hay gobierno, ni propiedad privada, ni existencia individual jurídica, ni tribunales, ni registro civil. Se han destruido millones en valor de inmuebles en sólo la capital. Fenómeno único en las guerras civiles de América y que en las del mundo sólo hace recordar la inevitable Revolución Francesa. La reamortización de los bienes científicos que profetizó Alfonso Cravioto en 1909. ¿Qué surgirá de este extraño desastre? ¿Volverá a haber civilización en México?
Entonces comenzó a desarrollar un cierto resentimiento hacia los mexicanos. Sus cartas a Reyes contienen teorías históricas sobre México -la época dorada, a su juicio, era la juarista- y una pequeña antología de frases reveladoras:
- Todo mexicano sospecha.
- Los mexicanos son gentes que no viajan y, por lo tanto, no saben escribir cartas.
- El carácter no mexicano en cualquier parte es la fácil comunicación.
- México mira al Pacífico, yo sólo entiendo el Atlántico.
Disimulo, reserva, astucia, ferocidad, incomunicación: el mexicano era inescrutable.
Aunque lamentaba la destrucción de la vida espiritual y material en México y lamentaba aún más su nuevo desarraigo, tenía presentimientos ambiguos:
Pienso, a ratos -escribe a Reyes-, que aquel país me exige que yo regrese algún día, a ocupar una posición definitiva frente a los antiguos perros mordedores, que imagino callados; pero sé que no sería así, y luego, no veo con quiénes he de vivir. Tu ausencia parece definitiva.
Por unos meses vivió en Cuba donde se forma en torno suyo un nuevo grupo intelectual con Mariano Brull, José María Chacón y Calvo y varios otros jóvenes. Cuba reunía muchos requisitos para su arraigo -vitalidad intelectual, alegría social, reconocimiento- pero su idea era viajar a Francia. El estallido de la Gran Guerra trunca sus planes y lo desvía a Estados Unidos como corresponsal de El Heraldo de Cuba. ¿Resintió este golpe de las circunstancias? Quizá no. Su único dogmatismo permanente fue rechazar a Francia de modo visceral. “Hablas de las ideas francesas en que nos hemos educado”, le escribe a Reyes, casi con indignación:
No: YO no. No es afán de singularizarme. Compruebo cada día que debo poco a los franceses en la formación de mi cabeza. Podría demostrarlo, analizando todos los estudios y lecturas que hice desde los primeros años. No leí, de pequeño, ni a Dumas, ni a Hugo, ni a Sue, y muy poco a Verne. Nunca usé libros franceses para estudiar, sino para consultar (aunque había muchos en casa): los de la escuela son todos en castellano. Y nunca he leído entero un libro de Taine, for which the Gods be thanked.
Su distancia no era cuestión de géneros:
No es enemistad contra la literatura francesa, que es quizás hoy lo más aceptable que tiene Francia: es contra la moral francesa, contra la filosofía francesa, contra la vida francesa. La derrota del ejército es también (por imperfección de la sociedad humana) derrota de las ideas del pueblo que tiene ese ejército. Lo que ha ganado el mundo con el triunfo de Alemania en 1870 es inconcebible. Gracias a ese triunfo, tenemos en los países latinos cierta dosis de cultura moderna: p.ej., la verdadera cultura histórica en Francia, antes de 1870, era desconocida; apenas Renan la deslumbraba, y eso por sus solitarias aficiones alemanas.
La “otra América” -Nueva York, Washington- lo encandila pero no lo atrae. Moral e intelectualmente tiene una actitud de desdén europeo frente a los nuevos ricos:
“Estos idiotas yanquis”, como dijo no sé cuál miembro de la Embajada alemana en Washington en carta que los ingleses abrieron, son indudablemente un pueblo mediocre. Son ricos porque tienen la tierra más maravillosa “que ojos humanos vieron”. Cuando sabe uno los millones que se poseen, y el poder que se tiene, se asombra de que los que tienen esos millones o esos poderes sean tan poca sosa, carezcan a menudo de imaginación constructiva, de criterio claro.
Como Martí, en su momento, Henríquez Ureña pudo decir que conocía al monstruo por haber vivido en sus entrañas, el mismo monstruo que invadía su patria en 1916 y al que combatió de dos formas: ejerciendo el periodismo político con brillo, inteligencia y equilibrio, y colaborando con su padre -efímero presidente de la República Dominicana en 1916- en delicadas misiones diplomáticas. Hacia 1916 ingresa al profesorado de la Universidad de Minnesota donde también se matricula como alumno para obtener una Maestría en Arte.
No gana mal y es muy apreciado por sus numerosos alumnos quienes lo llaman “Crown prince of Santo Domingo” (lugar no claramente discernible en el mapa). En el verano de 1917 viaja a España donde se vincula al Centro de Estudios Históricos de Madrid; allí conoce a Menéndez Pidal, Américo Castro y Tomás Navarro Tomás. Al poco tiempo, inexplicablemente, decide regresar a Minnesota. Son tiempos de productividad, soledad y trashumancia. Su partida ensombrece a Reyes quien por entonces escribe a Julio Torri:
Me ha quedado un recuerdo muy doloroso de Pedro. Estuvo aquí como envuelto en un sonambulismo constante. O Pedro se ha fatigado mucho, o ya no puede con los dolores físicos y morales de su vida. De los morales, ya lo sabes, apenas habla, y casi es inútil intentar consolarlo. De los físicos se queja el pobre todo el día. ¿Qué hace Pedro? En lugar de descansar de un modo completo y dedicarse a pasear (aquí tiene buenos y leales amigos), … en lugar de eso, se puso a también a trabajar. A esto añade que Pedro no descansa a ninguna hora, porque en los momentos que el resto de los hombres dedicamos a comer o a dormir, o a charlar de vaciedades, él lee libros o discute asuntos serios. Pedro va en carrera lanzada al agotamiento, si continúa así. Por lo demás es inútil decirle nada, porque no le cree a uno. ¿Qué hacemos con él? Aquí le han hecho insinuaciones de que se venga a trabajar a España. Son pocas las posibilidades, pero podrían buscarse. Lo que hay es que él se negaba a todo con una especie de horror .
En 1918 renueva sus cursos en Minnesota y obtiene su doctorado en Filosofía con una importante tesis sobre la versificación irregular en la poesía castellana. En 1919 vuelve a España donde publica un ensayo sobre “El endecasílabo castellano”. En mayo de 1920 reinicia su cátedra en Minnesota. ¿Por qué no ha podido arraigar en España?
“Mi primera visita a España -escribiría dos años después- la hice con prejuicios. La historia del dominio español en América no se ha limpiado aún de toda pasión”. En ninguna de sus visitas siente rechazo o recelo, pero sí ambigüedad. Aunque trata de ser equilibrado, España lo exaspera. La encuentra improvisada, verbosa, excesiva, pesimista; imprecisa en su concepción del progreso; país festivo y bárbaro, de duelos y toros, flamenquerías y panderetas:
Hay veces en que (España) nos da la ilusión de haber entrado en el camino de su vida nueva y poderosa; otras veces, cuando la vemos “en el comienzo del camino”, clavada siempre allí la “inmóvil planta”, le deseamos un cataclismo regenerados como el de Rusia. O el de México.
No era esa la España a la que un dominicano podía ni debía integrarse. De allí su prisa por regresar a América. De allí también el título de su libro publicado en 1922: En la orilla. Mi España . Permanece en la orilla buscando, en España, a su España.
La encuentra, por momentos, en la gente del pueblo; en escritores como Ortega y Gasset, Azorín, Moreno Villa y Juan Ramón Jiménez; en el nacionalismo musical (las Goyescas de Granados o la obra de Adolfo Salazar) pero sobre todo en aquella “improvisación genial que fue la España de los Siglos de Oro”: la España de “La Española”, su España.
De vuelta en Minnesota debió resentir el exilio perpetuo, no sólo de su tierra sino de su idioma. (De hecho intentó escribir en inglés). Norteamérica era una patria imposible: lugar de progreso sin espíritu como había visto Rodó. Pero aquel extremo de soledad duró muy poco. Vasconcelos lo invita a colaborar en la nueva aurora educativa. Todo iría bien en el futuro, tendría posición, respeto y paz. Su decisión instantánea es aceptar. En 1921 regresa a México, “a ocupar una posición definitiva frente a los antiguos perros mordedores”.
En su segundo período mexicano repitió su obra constructiva. Dirigió del Departamento de Intercambio Universitario; promovió la Editorial México Moderno y la Escuela de Verano; impartió Cursos de investigación en legua y literatura española e hispanoamericana. Del respeto con que lo acogió la nueva generación intelectual hablan estas líneas de Manuel Gómez Morín en 1921:
Le ruego no olvide la posible reconstrucción del Ateneo en forma más avanzada y con claras intenciones sociales. Sólo usted puede organizar el grupo que está ahora disperso, porque sólo usted puede hacer que el maestro Caso abandone su elegante reaccionarismo que tanto lo perjudica; que Vasconcelos se dé tiempo, ahora que ya no tiene el furor político, para completar su obra de educación, con una propaganda social tan intensa como sólo o su verdad apostólica puede realizar y que nuestros jóvenes poetas y aprendices reaccionen contra nuestro querido Gonzáles Martínez y encuentren el tono de su tiempo para cantar sus propias canciones. Además, sólo usted puede darnos la disciplina del estudio y quizás sólo de usted aceptaremos todos la tutela de organización.
El Ateneo no se reconstruiría -no era necesario: estaba en el poder- pero jóvenes como Daniel Cosío Villegas, Eduardo Villaseñor, Samuel Ramos, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia volvían a reunirse alrededor suyo como lo habían hecho Torri, Castro Leal, Manuel Toussaint, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán antes de la Revolución. Nada había cambiado, Justicia de los dioses.
Nunca como en 1921 pensó en echar raíces, fincar en tierra firme, quemar las naves, descansar. Compró junto con Vasconcelos un terreno en la casi desértica calle de Londres; se casó con Isabel, una de las hermosas hermanas de Vicente Lombardo Toledano, y nació Natascha, su primera hija. Era la última oportunidad de detenerse, no en el exilio, sino en un hogar. De su amado Platón desempolvó la palabra Utopía. Su utopía personal -la utopía de pertenecer- se inscribía en una utopía más amplia que lo tocaba muy cerca y lo justificaba: la utopía educativa. El mismo país violento y receloso que había execrado casi en 1915, lo acogía de nuevo transformando los viejos afanes del Ateneo en política educativa y cultural. De pronto la trashumancia cobraba sentido.
Nunca como entonces se abrió a la fe y a la alegría. Escribió reflexiones al agudísimas, tradujo el Peter Pan de Barrie y publicó, sin firma, unos deliciosos textos para niños: “Cuentos de la Nana Lupe”. De ese arribo intelectual y moral hay un testimonio perfecto, “La utopía de América”, conferencia pronunciada en Buenos Aires en 1922 durante el viaje triunfal de Vasconcelos por América del Sur. Su argumento es claro: en el nacionalismo cultural, en su vuelta al origen, México ha encontrado la fórmula de su salvación: América debía seguirlo.
A pesar de cuanto tiende a descivilizarlo, a pesar de las espantosas emociones que lo sacuden y revuelven hasta sus cimientos, … México está creando una vida nueva.
El nacionalismo cultural de 1921, nacionalismo de “jícaras y poemas”. Se definía como una afirmación de lo propio no como una negación de lo ajeno. Revolución era sinónimo de reconciliación, de amnistía con todas las épocas del “triple México”: azteca, colonial, independiente. En la arquitectura de Taxco, la loza de Talavera, la comedia de Juan Ruiz de Alarcón se hallaba el secreto: asimilar lo universal desde lo particular. Al mismo tiempo, había que acceder a la universalidad dando el alfabeto a todos los hombres y “dejando atrás los estorbos de la absurda organización económica en que estamos prisioneros”. Tres claves de salvación: educación, identidad y justicia.
¿Y cómo se concilia esta utopía, destinada a favorecer la definitiva aparición del hombre universal, con el nacionalismo antes predicado, nacionalismo de jícaras y poemas, es verdad, pero nacionalismo al fin? No es difícil la conciliación: antes al contrario, es natural. El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será descastado: sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero sólo su tierra, su tierra y n o la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos, y ésa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino, carácter propio. La universalidad no es descastamiento; en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones; pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos.
En el fondo era el viejo tema de Rodó que Vasconcelos retomaría, a su modo, en La razón cósmica: nuestra América como la reserva histórica del espíritu occidental, territorio al margen de la barbarie y el poder, patria terrenal de las artes, las literaturas, la músicas y de “hombres magistrales, héroes verdaderos de nuestra vida moderna, verbo de nuestro espíritu y creadores de la vida espiritual”.
La fe en la liberación -la suya, la del país y la de América Hispana- duran un instante. Vasconcelos le atribuye “pequeños y grandes rencores”. Henríquez Ureña recela de las ambiciones del ministro. Los amigos se separan. La lealtad familiar liga todavía su suerte a la de su cuñado Vicente, que es designado Gobernador Interino de Puebla. Hasta allá va Henríquez Ureña para encargarse de la educación pública del estado. Entre los balazos que anuncian la rebelión delahuertista traza en días planes de estudio que permanecerían vigentes muchos años: la vocación educativa va llevada a un extremo heroico.
Años después, en una carta a Daniel Cosío Villegas, explica los motivos de su partida. Es un texto revelador de sus principales rasgos: racionalidad, desinterés, vocación de independencia y extranjería perpetua:
La gente comprende muy difícilmente a quien trata de proceder de manera racional; pero creo tú sabes cuáles son los motivos racionales de mi conducta. Yo decidí salir de México en 1922, y lo realicé en 1924, porque comprendí que aquel país es demasiado intranquilo para el reposo a que ya tiene derecho un hombre que entra en la madurez. No llamo a México país intranquilo a causa de las revoluciones, aunque también las haya: es un país de intranquilidad moral, intranquilidad que se refleja en todos. Si yo fuera mexicano, creería que mi deber es estar allí, sufrir de la intranquilidad y esforzarme por crear un poco de paz espiritual: es lo que creo deber de Alfonso, por ejemplo, que debería abandonar la diplomacia. Si siquiera en México se tolerara mejor al extranjero, yo podría haberme quedado a trabajar por el país: creo que la expresión no resulte presuntuosa en mí. Pero es demasiado el esfuerzo -y además, generalmente inútil-, de hacerles comprender allí a muchas gentes lo que es el acto desinteresado. Para agravar las cosas, mi único o principal modo de trabajar en México tiene que ser en puestos oficiales, y eso hace todavía más difícil hacer comprender las cosas a la gente acostumbrada a juzgar de los demás según su propia mezquindad. Yo hice una carrera que iba a permitirme el trabajo independiente, pero en el momento en que la concluí (1914) la situación de México me obligó a salir y todos aquellos estudios me resultaron inútiles: al volver en 1921, nunca tuve tiempo, aunque tuve el propósito, de trabajar como abogado; se me echaron encima tareas muy superiores a los sueldo que yo cobraba, como tuve ocasión de mostrarle a Vasconcelos en una carta donde le enumeraba diez trabajos que estaban a mi cargo, mientras yo sólo cobraba tres.
El 1 de junio de 1924 abandona definitivamente el país.
En Argentina encontraría la paz pero no la felicidad. Allí nacería Sonia, su segunda hija. Arnaldo Orfila Reynal y Alejandro Korn consiguen para él una plaza modesta como profesor de Secundaria en la Ciudad de La Plata. Al trabajo intenso se aúna cierta “invalidez” casi crónica de su esposa Isabel; y encima de todo ello la desesperanza. Recién llegado escribe esta contrautopía:
Estamos en peligro de caer en escépticos al advertir que el mundo no mejora con la rapidez que ansiábamos cuando teníamos veinte años. Yo sé que no será en mis días cuando nuestra América suba adonde quiero. Pero no viene de ahí mi escepticismo: es que rodando rodando, ya no sé a quien hablo, no sé si nadie quiere oír ni dónde habría que hablar… Temo, sí, que todo se pierda en el desatado río de palabras que fluye sobre el ancho cauce de “Nuestra América”. Lo sentiría, porque miro en torno, y miro escaso empeño en dar sustancia y firmeza a los conceptos que corren de pluma en pluma. Aplaudo las voces entusiastas, líricas, en su valor generoso de estímulo; pero quiero más… A mí no me interesa la unión como fin en sí: creo en nuestra unión y la deseo… pero nuestra unión, sea cualquiera la forma que asuma, será sólo medio y recurso para fines reales. En fin, es propósito válido la conservación de nuestro espíritu con sus propias virtudes, el “nacionalismo espiritual”, contrario al político que sólo se justifica temporalmente como defensa del otro, del esencial; y aun así me interesaría poco si hubiéramos de persistir en nuestros errores, en nuestra pereza intelectual y moral, bajo el pretexto de que así somos… para mí el peor despeñadero está en el mal del sueño que aflige nuestro sentido de justicia: el dolor humano golpea inútilmente la puerta de nuestra imaginación y nuestra inteligencia discurre sonámbula entre la “guerra de todos contra todos” que es la sociedad de nuestro tiempo.
Aunque permanece fiel a la patria hispanoamericana no vuelve a hablar de su futuro sino de su pasado, no vuelve a emplear la palabra utopía. En 1926 escribe una conferencia notable: “El descontento y la promesa”. Ha renunciado ya a la fórmula (que) al “repetirse degenera en mecanismo y pierde su prístina eficacia; se vuelve receta y engendra una retórica”:
El ansia de perfección es la única norma. Contentándonos con usar el ajeno hallazgo, del extranjero o del compatriota, nunca comunicaremos la revelación íntima; contentándonos con la tibia y confusa enunciación de nuestras intuiciones, las desvirtuaremos ante el oyente y le parecerán cosa vulgar. Pero cuando se ha alcanzado la expresión firme de una intuición artística, va en ella, no sólo el sentido universal, sino la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor de la tierra de que se ha nutrido.
Cada grande obra de arte crea medios propios y peculiares de expresión; aprovecha las experiencias anteriores, pero las rehace, porque no es una suma, sino una síntesis, una invención. Nuestros enemigos, al buscar la expresión de nuestro mundo, son la falta de esfuerzo y la ausencia de disciplina, hijos de la pereza y la incultura, o la vida en perpetuo disturbio y mudanza, llena de preocupaciones ajenas a la pureza de la obra: nuestro poetas, nuestros escritores, fueron las más veces, en parte son todavía, hombres obligados a la acción, la faena política y hasta la guerra, u no faltan entre ellos los conductores e iluminadores de pueblos.
No cabía ya el engaño. La salvación no estaba en la utopía externa sino en el trabajo individual. En medio del desencanto, debió sentir un paradójico alivio. El exilio en la Argentina lo alejaba de la acción, del perpetuo disturbio y mudanza de las “preocupaciones ajenas a la pureza de la obra”. Podría volver, como en sus remotos días en Santo Domingo, al “culto exclusivo de lo intelectual”.
Entre 1925 y 1929 vive en La Plata. De 1929 a 1931 en Buenos Aires. escribe algunas obras de filología y gramática y, sin olvidar a sus clásicos, se interesa por la nueva literatura argentina. Pero su pasión sigue siendo su patria dual: la lejana patria dominicana y la patria ideal de la América hispana. Año tras año publica ensayos sobre Santo Domingo: su antigua sociedad patriarcal, sus poetas y literatos. Año tras año también publica textos sobre la patria ideal. En 1929 aparece su libro pirandeliano: Seis ensayos en busca de nuestra expresión , donde prevé el boom literario de los sesenta. A partir de entonces abandona paulatinamente el ensayo literario por el histórico: escribe sobre el teatro, la música y el idioma de América.
En 1930 ocurre la revuelta militar de Uriburu. Temiendo un nuevo hachazo de la política, Henríquez Ureña decide emigrar. No había descartado volver a México pero lo atrae más un ensayo final: volver a la patria real, cancelar voluntariamente el exilio. Desde 1927 lanzaba anzuelos a su hermano Max en Santo Domingo. En 1931, con Trujillo en el poder, es Max quien lo convence. Sin renunciar a sus cátedras en Argentina, precavidamente, el hijo pródigo regresa a la patria dominicana para encargarse de la Superintendencia de Enseñanza. Una multitud lo espera en el muelle: niños, maestros, autoridades. Ante ellos pronuncia estas palabras:
Al regresar a la Patria, después de larga ausencia, cada minuto ha sido para mí de pensamiento y emoción. Yo sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota: mi tierra no es para mí triunfo sino agonía y deber …
Aunque organiza la educación pública, no tiene ya, a los cuarenta y siete años, el impulso juvenil. Tampoco la fe. Ha sido una larga marcha. “Desde que llegué -escribe a un amigo- comprendí que tenía que volver”. No tarda en enviar a su familia a Francia con el pretexto o el motivo de visitar al abuelo Francisco. No tarda en rehacer las naves. En París alcanza a su mujer y a sus hijas. Todo ha sido un error. Una vida de exilio no se concluye a voluntad: uno mismo se ha vuelto materia errante. “No hay que regresar -ha escrito a su padre-, Santo Domingo es una tierra infecunda”.
De vuelta en Argentina publica, año tras año, textos sobre esa “tierra infecunda”: personajes, lenguaje, literatura, música, historia política. En 1936, tres años después de su partida, publica un libro de amorosa erudición donde revive épocas, instituciones y personas del pasado dominicano: pródigas universidades, conventos renacentistas y una orgullosa genealogía de religiosos, seglares, escritores nativos y emigrantes. El bullicio de la colonia. Allí aparecen Bernardo de Valbuena, Joseph de Acosta, Domingo de Betanzos, Tirso de Molina, Bartolomé de las Casas y una inmensa galería civilizadora: retrato de la mejor España. Tituló su libro La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo . De aquella “tierra infecunda” no se había ido nunca.
La vida posterior en Argentina transcurre con cierta placidez. Aunque nunca alcanza un puesto académico a su altura, Henríquez Ureña está activo en todos los escenarios: universidades, institutos, cenáculos, diarios, revistas, editoriales. Su mayor bendición son los amigos: Borges, Victoria Ocampo, José Bianco, Francisco Romero, Ezequiel Martínez Estrada, Arnaldo Orfila, Alejandro Korn, Raimundo Lida, Angel Rosenblat, Ernesto Sábato, Enrique Pezón, Enrique Anderson Imbert y muchos más.
A partir de 1936 el tema hispanoamericano se diluye sin desaparecer. Nuevos textos, viejas preocupaciones cada vez más concentradas en épocas remotas -el teatro colonial, la literatura colonial, el barroco- y en sujetos históricos tangibles, no errantes: personas, genealogías, generaciones, obras. Junto a la permanente melodía dominicana, Henríquez Ureña emprende su último viaje en busca de la patria ideal acercándose a la raíz última: al idioma; refuta el andalucismo dialectal y propone el carácter autóctono del español americano. Tampoco esa totalidad le sería concedida. Ni el español americano es a tal punto americano ni al parecer cabe reducirlo como hizo Henríquez Ureña a cinco zonas lingüísticas sino a muchas más.
En los últimos años disfruta un poco la cosecha de su sabiduría. Con Amado Alonso escribe en 1938 una exitosa Gramática castellana. Con Jorge Luis Borges reúne una Antología clásica de la literatura argentina que se queda en las librerías. En 1938 inicia para la Editorial Losada un proyecto que lo absorbería: las cien obras maestras de la literatura y el pensamiento. Prologó y seleccionó cerca de veinte hasta 1946. En 1940 se inicia su último período de plenitud. En ese año publica un libro que reúne varios ensayos sobre la cultura española en la época medieval y el Siglo de Oro. Lo llamó, claro, Plenitud de España . Por esos días es el primer latinoamericano invitado a impartir la cátedra Charles Eliot Norton en Harvard. Su curso en inglés sobre las corrientes literarias en la América Hispánica parecería traducido en México póstumamente junto con su Historia de la cultura en Hispanoamérica . Dos remates dignos a medio siglo de devoción hispanoamericana.
Amistad intelectual
La contraparte de un destino errante es la intensidad. Si todo es frágil y provisional hay que robar horas a la noche y días a la semana. No descansar nunca, no ceder nada al azar o al desorden: no diferir. Henríquez Ureña desplegó su misión en cada resquicio que le dejó el exilio. Nunca desperdiciaba ocasión de guiar, enseñar, aconsejar. Su vasto sacerdocio intelectual tuvo dos vertientes claras y complementarias: el magisterio y la crítica. El primero pudo provenir de las remotas catacumbas dominicanas. Su vocación crítica tuvo un origen posterior.
Las generaciones se distinguen unas de otras por sus lecturas, en particular por sus lecturas de iniciación. La generación del Ateneo de la Juventud ejerció ese rito colectivo hacia 1907 en el ágora improvisado del despacho del arquitecto Jesús Acevedo y en la biblioteca de Antonio Caso, “el propio templo de las musas”. Los libros venerados tenían 2.500 años:
“Nosotros” hemos organizado al fin un programa de cuarenta lecturas que comprende doce cantos épicos, sus tragedias, dos comedias, nueve diálogos, Hesíodo, himnos, odas, idilios y elegías y otras cosas más, con sus correspondientes comentarios (Müller, Pater, Murria, Ruskin, etc…) y lo vamos realizando en orden.
“Los griegos fueron nuestra pasión”, recordaba Henríquez Ureña en 1924. Fueron más: su molde intelectual y moral. De pronto, en una remotísima estribación del árbol cultural de Occidente, un grupo de jóvenes reniegan del orden académico que los oprime y en la intemperie buscan el origen. El más formado entre ellos ha viajado y conoce otros horizontes y perspectivas. Sabe que el nuevo humanismo alemán desde Lessing hasta Wilamowitz Moellendorf se ha acercado al pasado clásico con un espíritu de comprensión, buscando rescatar en sus propios términos la historia y la sociedad, la lengua y el arte. Ha traducido a Walter Pater y sabe que esa matriz ha influido en España y en Inglaterra. Si había que empezar desde el origen había que leer a los griegos.
Aquellas sesiones en que los anestesistas leían el Banquete de Platón -un lector por cada personaje-, marcaron su obra y hasta su destino. La edad ateniense cruza la prosa y le poesía de Alfonso Reyes, a quien festivamente llamaban Euforión. Un griego neoplatónico -no un judío de Nazareth- dictó a su discípulo el evangelio que convirtió a Vasconcelos: Plotino. Por su parte, a Henríquez Ureña correspondía no sólo el sobrenombre sino la actitud magisterial de Sócrates.
Deliberadamente o no, lo guiaban principios socráticos. Dentro y fuera de las aulas, a media noche o en la madrugada, en persona o en carta, en la tertulia o el café, y a propósito de todo, practicaba una constante gimnasia intelectual. Le tenía sin cuidado el mundo de la naturaleza: lo importante era la naturaleza humana. Practicaba, como el griego, el método de la indagación y la exhortación y, como aquél, recelaba del mero adiestramiento para el éxito. Su vocación era perfeccionar la vida interior de sus discípulos, su alma entendida como “espíritu pensante y razón moral”.
Discípulos es una palabra equivocada. Henríquez Ureña no tuvo discípulos sino amigos. Pocos le hablaban de usted o le decían “maestro”. Detestaba los certámenes y las formalidades competitivas de la academia. Detrás de esta actitud había mucho más que un espíritu libre: había un concepto socrático de la amistad, un arte, un eros peculiar. La amistad se vuelve la más alta forma de asociación entre los hombres, una relación que esquiva los lazos externos de conveniencia y se anuda más bien con afinidades, con acuerdos, con el mutuo perfeccionamiento del valor interior. Los sofistas tenían discípulos, impartían clases sobre asuntos delimitados y cobraban. Sócrates tenía amigos, discutía sobre asuntos universales y no cobraba. Henríquez Ureña cedió por necesidad material a las formalidades de la academia, pero llevó su ágora portátil a cada puerto del exilio.
Para designar sintéticamente su método de amistad intelectual entrecomillaba la palabra “Nosotros”. Desde Cuba escribe a Reyes en 1914:
Yo he difundido por aquí la idea de que ninguna grande obra intelectual es producto exclusivamente individual ni tampoco social: es obra de un pequeño grupo que vive en alta tensión intelectual. Ese grupo -Pórtico, Academia, Liceo, Museo, Casa de Mecenas, Hotel Rambouillet, salones, Mermaid Tavern, cortes italianas, casa de Goethe- tiene un portavoz. Hasta en las religiones pasa eso. Y eso, que yo predico como esencial para Cuba -el grupo muy unido, que se ve todos los días por horas y trabaja en todo activamente-, es lo que realizamos en México. Y de ese grupo tú has sido el verdadero portavoz, es decirse, serás pues quien le ha sacado verdaderamente partido al escribir, aunque Caso sea la representación magistral y oratoria local. Ya sé que tú dirás que yo soy el alma del grupo, pero de todos modos tú eres la pluma, tú eres la obra, y ésta es la definitiva.
Para mantener el “Nosotros” en tensión había que leer, cuando menos, las 300 obras fundamentales de la cultura occidental -una diariamente- y discutir sin descanso. El alma del grupo tenía deberes infinitos: buscar nuevos amigos, hurgas en las bolsas para encontrar poemas furtivos, sondear lecturas, insinuarlas, “localizar preferencias”, predicar la disciplina mental y el culto moral de valores sencillos, transparentes, limpios. Su misma presencia y hasta su letra querían ser ejemplares, clásicas. Las palabras claves en su prédica eran: economía, precisión, corrección, justicia, fundamentación, veracidad, pero sobre todo claridad, claridad intelectual como espejo de claridad moral. Sólo con claridad se esquiva la distorsión emocional, ese mariposeo “de mariposa que no se quema porque cuida de no acercarse demasiado a la luz, a la luz de la verdad”. ¿Había dicha mayor que ejercer esta crítica cotidiana?
Lo nuestro propio, que es la actividad intelectual en el plano de una agilidad amena pero siempre en tensión, es el secreto de la felicidad. Si pudiéramos mantener en ese punto las cosas -y lo hemos logrado meses y meses-, seríamos felices siempre. Podemos serlo aún.
Abundan los testimonios mexicanos sobre el modo en que Henríquez Ureña cumplió su vocación socrática. A Alberto Vázquez del Mercado lo adoptó al enterarse que en la remota Chilapa había leído a Menéndez Pelayo; con Martín Luis Guzmán practicaba la peripateia hablando sobre la vida desinteresada, “la vida atélica”; Julio Torri le leía manuscritos hasta altísimas horas de la noche. Cuando parecía ceder al sueño murmuraba: “Sigue, te estoy escuchando”; alguien lo visitaba a las 7 de la mañana para estudiar la Etica de Spinoza. Alfonso Reyes describía así, en 1914, la influencia de su amigo Pedro:
Lo que en el desarrollo del humanismo clásico, en el cultivo de la buena tradición española y en la formación del sentido crítico se debe a Pedro Henríquez Ureña, es incalculable. Educador por temperamento, despierta el espíritu de aquellos con quienes dialoga. Enseña a oír, a ver y a pensar. El ha suscitado una tendencia de cultura y un anhelo de seriedad que es el mejor premio de quienes lo siguen.
En Cuba hacia 1914, en Nueva York, un años después, en México durante la breve utopía y en Argentina por largos años, Henríquez Ureña revivió el espíritu del “nosotros”. Era su respiración intelectual. Borges lamento alguna vez la pobreza de sus recuerdos frente a la gravitación real que llegó a ejercer Henríquez Ureña. Una pálida huella del “inmediato magisterio de su presencia” está quizá en los archivos de los sucesivos “Nosotros”. Es seguro que en todos se encuentra, referida a él, la palabra bondad.
Bondad: no ternura, sentimentalismo, piedad, conmiseración. Era implacable con la mediocridad. Creía en la importancia -en el deber- de descorazonar, lo cual le granjeó enemigos. La amistad, para Henríquez Ureña, no conocía más idioma que el de la crítica. Alguna vez censuró en Antonio Caso su “confianza en el poder verbal” … “flujo (que) desvirtúa las ideas y las engendra falsas”; pero cuando había que apreciar, apreciaba: “Caso, tres notabilísimos artículos sobre política en el segundo libro. Es escritor”. En otra ocasión celebró el primer libro de Martín Luis Guzmán, La querella de México, presintiendo al novelista-ensayista político. Se equivocaba muy poco y no lo asustaban los santones:
He leído el libro de Nervo, Serenidad , y no me gusta. Nervo no sabe, y no consigue, ser sencillo. El, de por sí es complicado, y cuando no quiere serlo, lo es todavía. Para lograr lo que pretence, necesitaría ser sabio en recursos de arte. Y nunca los ha tenido. No surgió, como Urbina, sabio de recursos, ni ha ido, como González Martínez, perfeccionándose hasta la maravilla. siempre ha sido un artista imperito, que ha tratado de ocultar sus torpezas con rasgos de ingenio. Como el dibujante que, por ignorancia en el dibujo, se dedica a estilizar para no venderse, Nervo es paupérrimo en temas; en Serenidad sólo hay tres: la mujer, la melancolía de los cuarrenta añois y el desdén del vulgo. No llegan a twemas los pujos teosóficos y astronómicos ...
Pero con nadie ejerció más dilatadamente su vocación crítica y magisterial como con Alfonso Reyes. Nada dejaba al azar el médico de almas dominicano que se había apoderado, casi, del alma juguetona e ingeniosa, sensible e inteligente del "Euforión" regiomontano.
Espiral pedagógica: de los detalles de estilo hasta la perfección moral. De todo un poco. Mañas: hay que escribir para épater al público, aguijones: "escribe versos ... tú debes ser quien sustituya a Gonzáles Martínez"; adivinanzas pedagógicas: "las que te esperan envejecen en un día", como en Teócrito (¿a ver si atinas en qué Idilio?); regaños: "incidentalizas demasiado ... hablas más de otra cosa que del tema ... retuerces demasiado el estilo ... aún falta sencillez mayor"; correcciones: faltó coma, comilla sobrante; consejos: pule, fíjate, redondea, observa los españolismos, quítate tecnicismos, lee a tu mujer tus originales, exige que te interrumpa; opiniones: párrafo por párrafo, frase por frase: bien , feo , redondea, amplía, une. Un ensayo de Reyes sobre El Periquillo Sarmiento le provoca esta reacción:
Pero vamos a defectos: el trabajo es demasiado sucinto, sin explicaciones, sin cronología, sin bibliografía; y como se ha publicado en la Hispanique , debiste pensar que no entenderían los hispanistas. ¿Quién es Sánchez Mármol? ¿Qué ha escrito González Peña sobre El Pensador? ¿Qué cosa es la Antología del Centenario? ¿Qué las Conferencias? ¿Dónde ha hablado Pimentel? Estas faltas de explicación, entre otras, hacen incomprensible el trabajo (probaré a ver si Chacón lo ha entendido, aunque él sabe de cosas mexicanas). ¿Y sólo esos son los críticos del Periquillo? Hay quizá otros. ¿Por qué no hablaste más y citaste el discurso de Ramírez?
La exhortación iba más lejos. A veces llegaba al detalle cotidiano, qué ver y que no ver en Nueva York, cómo emplear el dinero. Pero la prédica de fondo era moral. En 1914 Alfonso Reyes se quejaba desde Francia de no tener amistades íntimas, de su soledad, de su familia. Henríques Ureña le aconsejaba firmeza -casi con crueldad- olvidar estoicamente sus sentimentalismos americanos y entregarse al cosmopolitismo de la calle. En cuanto a los sufrimientos, todo podría sobrellevarse con dignidad:
Veo que sigues quedándote de soledad. Es ya monstruoso ese sistema de quejas. ¿Para qué te fuiste , si sabías que en París no estábamos nosotros?... El no tener amistades íntimas, que son uno de tantos modos de desperdicio moral y mental en estas tierras latinas, verás que es cosa conveniente: el sentirse allí moralmente sólo te daría gran fuerza, te enseñaría a dominarte y te ayudaría en la disciplina mental... Que tu familia haga al fin un esfuerzo por ti: lleva demasiado tiempo de no ayudarte y de exigirte cosas que no estás obligado, y de fiscalizar tus actos. Si creen tener derecho a los último, deben comenzar por cumplir su obligación primera... Procura emanciparte por completo. Mi consejo es quizás absurdo, pero único, el de siempre: no debes dejarte dominar; debes asumir, tú, una actitud de exigencia. Te parece muy extraño, y sin embargo, a la gente dominadora sólo puede oponérsele política de dominación.
Dominio de sí mismo, fortaleza, reserva, vigor moral: autarquía. Palabra clave en Platón ... y en Sócrates.
Nicho ecológico
Intensidad magisterial y crítica, pero también tristeza. "En el fondo -recuerda Daniel Cosío Villegas- Pedro era un hombre triste que cargaba a cuestas viejas y arraigadas preocupaciones. Rara vez sentía el gozo de la alegría y rara vez lograba reír franca, abiertamente". Así lo recuerda también su hija Natascha: tenía buen humor propio y sabía celebrar el ajeno, pero su tono general era de tristeza, de fatiga. "Agobio" es una palabra usual en sus cartas desde Argentina. En 1928 se queja de ser una "máquina de dar conferencias". A Alfonso Reyes le confiesa: "Me hundo, no en la pobreza, sino en el dolor". En 1931 escribe a su gran amigo Eduardo Villaseñor: "Yo vivo a fuerza de trabajo, sin descanso, sin mejora".
Su trasegar continuo tuvo causas profundas, aun inconscientes. Una muy clara fue: su vida material. En 1908, desde su oficina en una Compañía de Seguros, escribe a Alfonso Reyes una carta profética:
Mi situación personal se me hace a veces desesperante: me veo trabajando, enfermando mi vista en un local que se alumbra eléctricamente de día, sin esperanza de subir mucho, parte porque no hay mucho que subir en esta empresa, parte porque yo no serè nunca adaptable a esta clase de trabajo; y sin esperanza definida tampoco de encontrar algo mejor: algo que me permita ganarme la vida y tener sin embargo tiempo para estudiar y ensayar una posición independiente. Día por día he ido recortando algo de mis esperanzas: ya no pretendo ser un verdadero literato, me conformaré con el dilettantismo más honrado que quepa en este medio; ya no sueño con una posición de verdadera holganza, que me permita viajar frecuentemente; ya no deseo sino una cosa sencilla, un propósito práctico, vulgar, burgués: encontrar el medio de hacer la carrera de abogado, y ni eso logro.
Es cierto que durante su vida tuvo empleos académicos y editoriales mucho menos asfixiantes, pero al parecer nunca dio con una fórmula económica que lo satisficiera. No sólo oscilaba entre ciudades sino también entre empleos. "¡Quieran los dioses procurarme un poco de paz!¡Es tan poco lo que pido!", confesaba a Reyes en uno de sus rarísimos momentos de desesperación epistolar: sin una base material suficiente quedaba la burocracia, pero era una alternativa que se avenía mal con su vocación de independencia:
Yo nunca he sabido pedir protección; nunca la he obtenido espontánea, como otros, de menos valer moral que yo y de valer intelectual que, acaso mayor, no eran ellos capaces de desarrollar; y a estas horas estoy convencido de que, en los mediios en que vivimos, sólo con la protección se llega a algo. Todavía podría ensayar yo solo mi carrera, escribir; pero no sé si es que me siento cansado o si es que me invade el gusto por la comodidad característico también de la madurez, es el caso que no me atrevería a repetir el esfuerzo que hice en Cuba de pasarme los mediodías y los domingos en la biblioteca nacional para estudiar sociología y poesía castellana... El estudio me resulta difícil (tan intenso como debería serlo) teniendo pendiente un problema de vida no resuelto.
La falla no era sólo personal sino social e histórica: faltaba en México y en América Hispánica una estructura cultural independiente:
Creo en el espesor del intelecto español, y en que nosotros estamos (los pocos que somos en América, es decir, las doscientas gentes que en cada país nuestro han leído más de trescientos libros) siglos adelante de ellos. Pero somos poquísimos, no tenemos la resistencia española para el trabajo y no tenemos (estúpidos) casas editoriales que nos hagan vivir literariamente. sin casas editoriales no se pueden escribir novelas. Y las novelas son el sesenta por ciento de la literatura moderna. Sin teatro no hay drama. Y el drama es el veinte por ciento. Apenas en la Argentina comienza a haber drama. No tenemos más que el veinte por cinto literario que puede vivir sin editores ni empresarios: los versos y las disertaciones estéticas o críticas, amén de los volúmenes de historia, que en todas partes exigen ayuda del govierno o de las grandes instituciones (universidades, y otras tales).
Antonio Caso vivió siempre de la academia aunque con estrecheces que más de una vez lo obligaron a vender su biblioteca. Vasconcelos financió sus viajes y sus pasiones políticas y amorosas con el producto de su trabajo profesional como abogado (aunque a partir de 1929 rozó por algunos años de pobreza). Alfonso Reyes fue más sabio pero también más comodón vivió veinticinco años de la diplomacia. Su obra resiente esa comodidad. Extranjero eterno, con un título de abogado que nunca llegó a ejercer, sin capital personal, sin universidades de primer orden que apreciasen a tiempo su capital cultural -y quisá sin voluntad de acceder a ellas- la fórmula material para Pedro Henríquez Ureña hubiese sido un trabajo independiente que dejara para el estudio al menos las horas tranquilas, los "días alcióneos" -como solía llamarlos. El mismo lo entendió así. Alguna vez, ya desde Argentina, propuso a su cuñado Vicente Lombardo Toledano establecer un despacho de abogados en sociedad. "Devorado por la política", Lombardo denegó su invitación.
La relativa independencia le llegarìa demasiado tarde, cuando en 1938 se volvió accionista de la Editorial Losada. Tenía 54 años y estaba cansado. La suerte económica nunca lo acompañó. No le habían faltado buenas ideas. Recién llegado a la Argentina, por ejemplo, pensó abrir una distribuidora delibros mexicanos -nuevos y antiguos- y hasta una tienda de pinturas coloniales. Pero de México no le llegaban sino malas nuevas. Había encomendado la venta rápida de sus terrenos a Carlos Díaz Dufoó quien manejó el asunto con voluntad pero sin eficiencia. Hacia 1932 Díaz Dufoó había vendido ya los terrenos castigando el valor. De inmediato envió a su maestro una sexta parte del dinero, anunciándole que tenía en su poder el saldo en pagarés. Ese mismo año Díaz Dufoó se suicidó. Por más que Eduardo Villaseñor intentó recuperarlos, aquellos pagarés a cargo de un constructor se perdieron. Pasó el tiempo. Cuatro días antes de morir -luego de veinte años de insistir sobre el negociio- Henríquez Ureña escribía al constuctor poidiéndole que reconociese la deuda. Pero hacía unos días el constructor había muerto.
Todo parecía llegarle tarde: hasta la invitación de Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes -tercera llamada- para integrarse a El Colegio de México, una institución nacida de la matriz ateneísta que poco tiempo después alojaría a su gran amigo y discípulo Raimundo Lida, hubiese sido la solución perfecta. La tradición de mecenazgo cultural público, característica de México, le hubiese permitido ejercer cobrando lo que hasta entonces había hecho gratis: planificar la cultura. Era el nicho ecológico ideal y hacia él lo empujaban ya las circunstancias. "Tal vez tenga que irme a México", escribió a Santo Domingo en abril de 1946, alarmado por el peronismo. El enésimo hachazo de la política lo hubiese llevado nuevamene a la tierra de sus utopías y desdichas, pero en el umbral de la vejez, Henríquez Ureña se adelantó.
Santo escéptico
La vida material -muchas veces inestable, dependiente, incómoda y sólo al final desahogada- fue una limitación, pero no la más importante. El resto de la historia está en la lógica misma de su destino errante. Tanto buscó un asidero que al encontrarlo lo extraviaba. De allí, por ejemplo, que incurriese en un extremo de la vida intelectual: la erudición.
Siempre fue, es cierto, un lector voraz. Salvo libros de política y ciencias, leía todo lo que se acercase a las humanidades, en particular a la litreratura. Su memoria -ha dicho Borges (que, en el fondo, lo ha dicho todo)- era "un preciso museo de las literaturas". Como Voltaire, sólo se conocía tres épocas doradas: el Pasado clásico, el Renacimiento y la Ilustración. Conocía medianamente la literatura rusa (amaba el sano realismo de Tolstoi, rechazaba la "inhumanidad" de Dostoievski); se sentía lejos de Francia (Proust le parecía "peligroso"); sus simpatías estaban con Inglaterra (Shaw, Shakespeare) y su raíz en América y España. Citaba de memoria párrafos enteros -a veces en latín. Sus anécdotas, moralejas y hasta las sensaciones más simples le recordaban lecturas (cuando ve el mar en Veracruz escribe a Reyes: "¡Thalassa!¡Thalassa! ¿Recuerdas a los soldados de Jenofonte?"). Por momentos parecía una especie de notario intelectual certificando la filiación de una obra o una idea:
En realidad -explica Reyes, por ejemplo-, "El origen de la tragedia" peca porque es una obra no original, sino tejida con fraseología forzada sobre temas Schopenhauer, Hegel y algunas ideas de Schiller, Wilhelm Schlegel, Otfried Müller, Curtius, Lessing y Coleridge. Las originalidades son momentáneas. De Coleridge es la semejanza entre Eurípides y la comedia de Menandro y Filemón. La famosa frase "espectador ideal" no es de Schiller, como por equivocación repetíamos, sino de Guillermo Schlegel (no confundir con Federico); de Schiller es, al congtrariio, una idea muy semejante a la de Hegel, "la escena espiritual".
Alfonso Reyes se burlaba un poco de estos afanes. "Menéndez Pelayo y tú, y todos los otros eruditos, tienen la pose de reírse de la erudicíon que, en el fondo, les hace señas y los llama con la obsesión de un vicio". Crítica al crítico que responde:
Sinceramente, creo que el medio está influyendo en ti de modo fatal. Lo prueba el modo con que hablas de la erudición. ¿Crees que es cosa que está al alcance de cualquiera y que si yo la tuviese lo negaría? ¿Crees que es lo mismo conocer a fondo una cuestión, pero siempre a través de las investigaciones ajenas, sinponer una mano propia en ningún punto arduo, como Vigil o Casasús, y ser un Marcelilno Menéndez y Pelayo o un Wilamowitz-Möllendorff? ¿Crees que hay en México algún erudito, como no sea en historia nacional?
Pero en el fondo admitió siempre el problema: "derivando hacia la erudición se ponía ilegible".
¿Sentimiento oceánico? ¿Vértigo de sabiduría? ¿Parálisis? Sería absurdo culpar a Henríquez Ureña por no haber constuido una literatura con el museo mental de sus literaturas. Más justo es apreciar la creatividad de su solución: construir, en efecto, un museo; exponer las piezas literarias con criterios de selectividad -antologías- o de exhaustividad -ediciones-. Presentar obras, personas, corrientes, épocas, generaciones, con una rigurosa hermenéutica. Historiar con rigor científico y comprensión artística. No despreciar el detalle ni olvidar el conjunto. Asumir, modestamente, la función magisterial de escribir críticamente sobre escritores y literaturas.
Modestia, congruencia. Pero la erudición denotaba también extravío. Henríquez Ureña no trasegó sólo entre empleos y países: también entre géneros. Fue un gran historiador y crítico de la cultura pero hubiese querido acceder a un género distinto: "la crítica is all right , diremos en yankee ; cada día se habla mejor de ella; pero da mucho trabajo: por eso me molesta. Quiero escribir lo que pienso como cosa en sí ". Pero era un crítico cabal y no se engañaba:
Me he convencido, con tristeza, de que soy superior en la vida a la que estoy escribiendo.
Sin envidia aparente, reconoce la superioridad literaria de Reyes:
Pero tú realmente estás libre. Tu estilo no es hoy marcelinesco. Tú eres de las pocas personas que escriben el castellano con soltura inglesa o francesa; eres de los pocos que saben hacer ensayo y fantasía. ¿Por qué no quieres esa libertad? A ti te hizo mucho bien encontrarte con Caso y conmigo, ya experimentados y dispuestos a oír tus ocurrencias habladas y a gustar de que las escribieras. Por eso has podido escribir lo que te parece, cosa que soy impotente para hacer.
Era doloroso llamar impotencia a su impotencia :
Desde que decidí salir de México pensé en escribir libros a lo Camino de perfección y Motivos de Proteo ; y Meditaciones del Quijote ; y además otras clases de libros. Pero la extraña fortuna no me deja. Ahora no soy más que una máquina de hacer artículos para el Heraldo . No te imaginas hasta qué punto me enerva esta situación. Tengo crisis espantosas. Asisto a mil funciones y actos públicos y cuanto se ofrezca, pero son paliativos: el encierro obligado, para escribir, me enerva.
Su salvación literaria dependía de un discípulo que recogiese sus palabras o depende aún del investigador que edite con verdadero sentido biográfico sus escritos y sus cartas. Séneca, Cicerón, Spinoza -grandes maestros- tuvieron buenos amigos que conservaron y, en su momento, publicaron cartas, textos, apostillas, recuerdos. El bondadoso Sócrates dominicano no ha corrido con tanta suerte.
Escribió páginas inteligentes, comprensivas, claras, reveladoras, pero pocas deslumbrantes. Como Ortega y Gasset tenía la virtud de teorizar. Solía acercarse a las cosas en sus propios términos, inventar categorías de análisis, descubrir relaciones -fragmentarias, pero reales- entre los fenómenos, proponer pequeñas unidades de explicación. Teorizar era una forma natural en un pensador no sistemático. Pocas veces publicó sus reflexiones breves. (Un ejemplo de lo que pudo escribir es la pequeña serie titulada "La orilla" recogida en sus Obras completas. Es un espectador tan agudo, inventivo y profundo como Ortega y Gasset y nada verboso). Viajero perpetuo, hubiese podido escribir largos libros de viaje.
En la correspondencia con Reyes hay teorías sutiles sobre la mujer antillana y mexicana, las fiestas sociales, el carácter de Reyes y muchos otros temas: Los toros, por ejemplo:
Yo le opiné que el arte del toreo merecería ese lenguaje digno de los pórticos si no conservara tantos elementos cruentos y que los griegos lo habrían hecho evolucionar en sentido de perfección artística; pues aparte de que tal vez la fiesta nunca les habría gustado -por tratarse de una matanza real, cosa que sólo podía ser del gusto de gentes tan groseras como los romanos-, había una suerte demasiado burda, sin gracia y embrollada., que es la de las picas. Alega Chófero que es por la falta de buenos picadores, que no defienden los caballos, pero no creo que con buenos picadores haya dejado de ahber caídas, puesto que siempre ha habido caballos muertos.
La más importante de sus teorías se insinúa apenas en sus escritos y cartas: la teoría de su propio escepticismo. Alfonso Reyes la escribió por él. En El suicida , libro notable publicado en 1917, Reyes recorre la escala de las actitudes humanas -desde el deporte hasta la mística- buscando el sitio y la justificación de la vida literaria. Un capítulo final, "El Criticón", perfila a Henríquez Ureña. Es el hombre opuesto a todo sistema, el que opone un sistema a otro para extraer de ambos una gota de verdad. Oscila entre convicciones: "puede amanecer con Demócrito y anochecer con Heráclito, mas sin entregárseles por completo". Tiene el don de la metempsicosis, es el comprensivo universal: entiende las épocas y los hombres, se compentra de las mentes ajenas, se sumerge como buzo en su objeto de estudio. No busca imponer sino saber. Repite con De Quincey: "Primero está la literatura del concocimientos, después la literatura del poder". La deuda es su forma de afirmación: "el espíritu crítico se funda sobre el escepticismo esencial ...
Cuando se está en el secreto de todos los sistemas se vive en una perpetua crisis... se es huésped de todas la ciudades sin ser ciudadano de ninguna.
El crítico errante vive en un "estado de padecimiento". Quisiera "reducirlo todo con todo y reducir el todo al uno". Quisiera encontrar el "deleite de una sola llave". Quisiera llegar al puerto de una convicción total. Sólo por momentos lo logra: "Del cansancio, del terror crítico, surge la utopía". "El escepticismo -concluye Reyes- es el grado heroico de la inteligencia".
Henríquez Ureña llegó al puerto de la utopía por un tiempo breve. Su utopía personal fue la utopía de América. Patria de la Justicia, "sociedad donde se cumple la ambición del brazo y de la inteligencia", suelo donde el hombre libre "hallando fáciles y justos sus deberes, florecerá en generosidad y creación". Durante esos años de fe, su tono es el de un profeta. Cuando la realidad lo desengaña renuncia al profetismo y se refugia en la historia: utopía retrospectiva.
Su fortaleza moral -aura de su magisterio- pudo derivarlo hacia la crítica social y política. Estaba estupendamente dotado para ella, como demostró en sus artículos desde Nueva York para el Heraldo de Cuba . Pero veía a menos esa labor. Había firmado aquellos artículos con el seudónimo "E.P. Garduño". Por lo demás, siendo extranjero perpetuo, ¿sobre qué iba a escribir?, ¿hasta qué punto podía comprometerse? Su tema natural fue la defensa de los pueblos pequeños -en particular los del Caribe- frente a los Estados Unidos, y a él dedicó varios artículos tan vigentes ahora como entonces. Pero la enorme desproporción de fuerzas lo disuadió de persistir en el género. Sintió, quizá, que araba en el mar, o pensó que rescatando la historia profunda y la identidad de "nuestra América" podía ayudar más que defendiéndola semanalmente en el periódico.
Alguna vez censuró a Borges por haberse extraviado en la lógica y la metafísica, no en la moral: "la literatura que presenta los grandes conflictos humanos, las pasiones fundamentales, las cualidades esenciales del hombre, lo deja frío". Pero extraviarse en la moral podía llevar a puertos más peligrosos y estériles: el énfasis, la intolerancia, la indifnación, el profetismo. Quizá porque conocía los riesgos morales -y literarios- de suspender la duda y decretar el imperio del bien, Henríquez Ureña no encontró un género apropiado de literatura moral, un género distinto al de su propio ejemplo.
Se diría que fue el desengaño de las utopías lo que precipitó a Henríquez Ureña al escepticismo. Lo contrario es más cierto: fue el escepticismo, la errante melancolía de sus orígenes, lo que rasgó sus utopías:
No sé si cuando me vuelvas a ver -escribía a Reyes- notarás en mí un cambio físico; tal vez no lo notes en lo moral; pero es lo cierto que en el último medio año me he sentido definir interiormente y que este proceso se ha acelerado grandemente desde la entrada del nuevo año.
Digo definir, porque no veo que de esta "Manera" pueda surgir otra distinta, pero en la realidad el proceso se ha realizado en mí destruyendo toda "definición", toda opinión decisiva, toda solución completa, toda "ley" de las cosas y los hombres. No quiero hacer la cursi figura literaria de que me estoy tornando viejo; pero sí es cierto que he llegado al escepticismo, característico, no de la vejez, sino de la madurez, según Stirner. No tengo fe en la humanidad, ni me importan gran cosa (el egoísmo es otro signo de madurez -todas las teorías "generosas" que se aceptan en la juventud).
El hombre que escribía estas líneas tenía 23 años. La carta está fechada en marzo de 1908.
Vasconcelos, que a pesar del desencuentro, lo respetó y quiso, lo llamó "Santo escéptico". En 1920 escribió a Reyes:
Pedro es ... desinteresado y generoso... me extraña que se mantenga en ese estado de desorientación en que no halla qué hacer con su noble vida... puede salvarse pero necesita sufrir dolores grandes y no simples incomodidades; sólo en la tragedia hay luz... Pedro es fuerte y tiene las condiciones para hacerse grande. Lo será el día que halle la fe.
Sufrió grandes dolores, no simples incomodidades, pero los sobrellevó con tranquilidad, a veces con olímpica tranquilidad. Era ajeno a la solemnidad y repudiaba el concepto trágico de la vida. Era grave y sereno. No sólo su pensamiento y cultura, también su carácter propendía a lo clásico. Nunca encontró el asidero absoluto de la fe, pero agotó su noble vida en un apostolado más permanente y quizá más profundo que el de Vasconcelos. Muchos escritores hispanoamericanos suscribirían estas palabras de Antonio Castro Leal en 1933:
En París... vi a Pedro. Hacía diez años que no lo veía. Es el mismo espíritu humanista, el mismo crítico sensible, abierto y exigente, escrupuloso y fuminante, redentor y severo, con todas las virutdes de una tradición, con todas las animosidades de un apostolado, con todos los defectos de todas sus virtudes. Es un hombre moderno porque no le admira nada: te lo puede explicar y te lo explica como desarrollo natural del espíritu humano y de sus experiencias; y es, sin embargo, una figura del siglo XIX en su campaña contra todos los defectos hispanoamericanos, en su deseo de propagar cultura, de buscar bases firmes para los demás, en su convicción de que -antes de improvisar- debemos enterarnos de muchas cosas. Estas dos cosas juntas, su modernidad y la conciencia de su misión, hacen de él un hombre raro. Su pureza moral y su pureza política hacen recordar esos tipor del siglo XIX que ya no existen.
En 1935 Henríquez Ureña escribió sobre Hostos -otro irrepetido personaje del XIX- una frase premonitoria. Había presenciado los últimos días del Maestro: "tenía un aire triste, definitivamente triste, trabajaba sin descanso, sagún su costumbre... murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral". También a él le sería concedidad una muerte sin agonía, en medio del trabajo y la tristeza. Era el 11 de mayo de 1946. El reloj de la estación ferroviaria marcaba las tres y quince de la tarde. Pedro Henríquez Ureña llegó apresuradamente al tren que desde hacía años lo llevaba a diario de Buenos Aires -donde residía- a La Plata -donde impartía clases, ya no por necesidad, sino por el imperativo casi fisiológico del exilio cotidiano. Un amigo le señaló un asiento vacío. Colocó su sombrero en la repisa, le dirigió una frase amable y, antes de sentarse, se desplomó.
"Así murió Pedro camino a su cátedra, siempre en función de maestro", escribió años despues su hermano Max, sin entrever siquiera la fugaz metáfora de aquella muerte en una estación de ferrocarril.
NOTAS
Libros y artículos
Jorge Luis Borges: "Pedro Henríquez Ureña" en Pedro Henríquez Ureña: Obra crítica , Fondo de Cultura Económica, México, 1960.
Daniel Cosío Villegas: Memorias , Joaquín Mortiz, México, 1976.
José Luis González: "El Tío Pedro en el álbum familiar", en Los Universitarios , Vol. XII, Número 16T, México, agosto de 1984.
Conferencias del Ateneo de la Juventud . Prólogo y notas de Juan Hernández Luna. Centro de Estudios Filosóficos, UNAM, México, 1962.
Pedro Henríquez Ureña: Obras Completas , Tomos I al X, Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, 1976-1980.
Pedro Henríquez Ureña: Universidad y educación , Lecturas Universitarias, UNAM, México, 1969.
Max Henríquez Ureña: Hermano y maestro . Librería Dominicana, Ciudad Trujillo, 1950.
Enrique Krauze: Caudillos culturales en la Revolución Mexicana , Siglo XXI Editores, México, 1976.
Juan Jacobo de Lara: Pedro Henríquez Ureña: su vida y su obra . Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, 1975.
José C. Moreno de Alba: "Henríquez Ureña y el español en América", en Los Universitarios , Ibid. Op. cit.
Flérida de Nolasco: Pedro Henríquez Ureña, síntesis de su pensamiento . Editora del Caribe, Santo Domingo, 1966.
Alfonso Reyes: Obras completas , Vol. XII, Pasado inmediato. Fondo de Cultura Económica, México, 1960.
Arnaldo Orfila Reynal: "Evocaciones" en Los Universitarios , Ibid. Op. cit.
Alfredo Reggiano: Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos . Editorial Cultura, México, 1961.
Julio Torri: Tres libros , Fondo de Cultura Económica, México, 1964.
José Vasconcelos: Ulises criollo . Ediciones Botes, México, 1935.
Enciclopedia Judaica: "Dominican Republic" y "Neatherland Antillas"
Entrevistas
Enrique Krauze con Alberto Vásquez del Mercado, septiembre-noviembre 1970.
Lorenzo Villaseñor con Raimundo Lida (1971), Arnaldo Orfila Reynal (1972), Martín Luis Guzmán (1972) y Enrique Anderson Imbert (1971).
Enrique Krauze con Natascha Henríquez Ureña, noviembre de 1984.
Correspondencia
Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña: Epistolario íntimo , dos tomos, UNPHU, 1981.
Julio Torri: Diálogo de los libros , Fondo de Cultura Económica, México, 1980.
Alfonso Reyes/José Vasconcelos: Correspondance, IFAL, México, 1976.
Correspondencia Pedro Henríquez Ureña/Daniel Cosío Villegas, en Obras completas de Pedro Henríquez Ureña, Ibid., Tomo VI.
Carta de Pedro Henríquez Ureña a José Rodríguez Feo, en Casa de las Américas , num. 144, mayo-junio de 1984.
Carta de Antonio Castro Leal a Eduardo Villaseñor, 15 de septiembre de 1933, en Archivo personal de Eduardo Villaseñor.