La revista Critique, en su número de octubre de 1948, unos meses después de la muerte de Antonin Artaud (4 de marzo del mismo año), publica una carta del poeta dirigida al escritor inglés Peter Watson, precedida de una pequeña introducción de Georges Bataille, que en aquella época era el director de Critique. Reproducimos en nuestras páginas el texto de Artaud, documento capital, y las líneas de Bataille.

El poeta Antonin Artaud murió el 4 de marzo de 1948, a la edad de cincuenta y dos años. Había participado en el movimiento surrealista cuando se hallaba éste en sus comienzos. Fue actor dramático (de teatro y de cine) y escenógrafo (de teatro). Internado en 1937, a su regreso de un viaje a Irlanda, permaneció nueve años en diferentes instituciones psiquiátricas: las de Sotterville-les-Rouen, Sainte-Anne, Ville-Evrard y Rodez. En 1946 recobró la libertad (y sus amigos le organizaron un homenaje en el Teatro Sarah-Bernhart).
El nombre de Artaud quedará asociado a los de Holderlin, Nietzsche y Van Gogh. Dejará el recuerdo de un hombre devorado por un fuego interior que quiso erigir en signo su sufrimiento y, ante la imposibilidad de lograrlo con la fidelidad deseada, se consumió del todo. Es difícil comentar los escritos de Antonin Artaud: "esa obra", dice acertadamente Arthur Adamov1, "escapa a todo ensayo convencional de la crítica"; hablar de Artaud como si las fómulas pudieran encerrar el ardor insatisfecho de esas páginas, es tal vez "hacer que no haya existido"2.
Publicamos aquí una carta, dirigida a Peter Watson, en la que el propio poeta presenta su obra con la intención de darla a conocer al público inglés. Maurice Blanchot (a quien yo había enviado el documento), publicó en Arche sus primeras líneas con este comentario3: "Ante tales palabras, no sabemos qué resultaría pertinente añadirles, porque tienen la franqueza del cuchillo y convierten en clarividencia todo lo que un escritor haya podido haber escrito alguna vez de sí mismo, mostrándonos qué mente lúcida es aquella que, para ganar su libertad, sufrió la prueba de lo Maravilloso".
Doy las gracias al señor Peter Watson por habernos autorizado a publicar esta carta (de la que se prepara una traducción en Inglaterra) y a la señora Paule Thévenin por la ayuda prestada para establecer la lectura correcta de un manuscrito difícil.

Georges Bataille

 

París, 27 de julio de 1946

Señor Peter Watson

 

Querido Sr. Watson:
Me inicié en la literatura con libros escritos para decir que no podía escribir nada de nada; el pensamiento, ciuando tenía algo que decir o algo que escribir, era aquello de lo que más privado me sentía. Ideas, nunca las tenía; y dos libros muy cortos, de setenta páginas cada uno, giran en torno a esa ausencia profunda, inveterada, endémica de toda idea. Me refiero a L'Ombilic des Limbes y a Le Pèsenerfs .
En aquel momento me parecieron llenos de grietas, cuarteaduras, trivialidades, y como pletóricos de abortos espontáneos, de renuncias y abdicaciones de toda suerte; sentí que en ellos, haciéndome siempre a un lado de todo lo esencial y lo sorprendente que me proponía decir, decía yo en cambio que no lo diría jamás. Pero pasados veinte años me dejan estupefacto, no porque sean un éxito en lo que a mí respecta sino porque lo son en lo que respecta a lo inexpresable. Así sucede con las obras cuando se añejan: aunque todas mientan, por lo que al escritor se refiere, encarnan por sí mismas una extraña verdad que la vida, de ser auténtica a su vez, no debe aceptar nunca. Lo inexpresable expresado por obras que hoy sólo son ruinas, que únicamente valen en la perspectiva póstuma de un espíritu muerto con el tiempo y que actualmente es un fracaso: ¿podría usted decirme qué cosa es?
Escribí después otros libros: L'Art et la Mort, Héliogabale, Le Théâtre et son Double, Voyage au Pays des Tarahumaras, Nouvelles Révélations de l'Etre, Lettres de Rodez .
En cada uno de ellos me perseguía la arlequinada siniestra de un pozo formado por pisos de textos que, superpuestos unos sobre otros, aparecen sin embargo sobre un mismo plano, como el encasillado de una cuadrícula secreta en que el sí y el no, lo negro y lo blanco, lo falso y lo verdadero, aunque en sí cotnradictorios, se han fundido en el estilo de un solo hombre, ¡el pobre de Antonin Artaud!
No recuerdo haber nacido en Marsella la noche del 3 al 4 de septiembre de 1896, como lo dice el acta del registro civil; lo que sí recuerdo es haber discutido allí algún grave problema en un lugar que no era un lugar: situado, no sé dónde, entre el espacio y un mundo siniestro, fortuito, invivible, grotesco, aterradoramente inexistente.
El espacio conducía hasta una escalera de vidas en la que no era visible ninguna interrupción a mi ser, y el mundo siniestro, aterrador, grotesco, era el de esta mismísima vida.
El problema que me angustiaba era saber si iría a parar a un blanco osario, si fatigado de existir desde siempre me entregaría a ese centro blanco que ...
o si permanecería fiel a estas aguas negras, a esa acuosa tapadera de una caja de aguas negras que obstinadamente me retenía. Aquella caja negra, con mi tronco adentro, apestaba a la mierda que me cubría el corazón, pero ese excremento era mi yo.
¿Volvería a la madre o seguiría siendo el padre, el padre eterno, en suma, que era yo?
Es de creerse que escogí ser padre por toda la eternidad, ya que hace cincuenta años que soy hombre y no veo que las cosas puedan cambiar.
Porque si tuve otras vidas antes de ésta, no creo que después haya otras más.
La muerte no es tan sólo un estado de transición. Es un estado que jamás ha existido, ya que si es difícil vivir, morir se hace cada día más ineficaz e imposible. A lo largo de esta vida, pensándolo bien, recuerdo haber muerto tres veces por lo menos, verdadera y corporalmente: una vez en Marsella, una vez en Lyon, una vez en México y una vez en el asilo de Rodez durante los trances del electrochoque. En cada ocasión advertí que salía de mi cuerpo y viajaba por los espacios, pero no demasiado lejos de mi propio cuerpo, porque nunca llega uno a desprenderse del todo. En realidad, uno no abandona a su cuerpo. El cuerpo es un tronco del que uno es una hoja y nada más, como es posible advertirlo cuando está muerto, pero no fuera sino dentro del cuerpo.
Porque aunque el muerto sólo tenga una idea: volver a su cadáver, apoderarse de él y seguir adelante, siempre es el cadáver el que se apodera de uno, y uno obedece porque está adentro.
Además, el muerto es un ser que miente. Hay que sufrir todavía, no ha llegado el momento, dice la voz de la conciencia, que sueña. Pero ¿están vivos o muertos los que así hablan? Imposible discernirlo. Muerto, se apoderó de mí un tornado de seres impregnados de odio y dementes todos ellos. Quiso el odio que tuviera yo una idea: la sentí girar en mis oídos ausentes e hizo que volviera yo a llevarme la mano al flanco. Era la idea de que cada ser me había hecho perder algún acontecimiento, y de que la muerte era una historia que yo hubiera debido vivir vivo.
Muerto, muere uno del mal lado, y no ése el camino a seguir.
Sólo que, vivo como estoy, no creo ya en el camino ni creo que los muertos crean en él, ni tampoco que discuta el asunto. Uno no está muerto, verdaderamente muerto, cuando sigue suputanto esto o aquello.
Pero dígame, querido señor Watson, ¿le interesa a usted saber cómo se siente uno cuando ya no suputa, cuando verdaderamente a dejado de suputar, y lo que sucede, no allí sino en otras partes? ¿Y si está o no está uno allí?
No creo que eso le interese. En cuanto a mí, hace ya mucho tiempo, mucho tiempo, ¡mucho tiempo que el punto ha dejado de interesarme!
Basta, basta y basta de insistir con preguntas y con problemas, con problemas y con preguntas, con la vida y con el pensamiento, con la muerte y con los difuntos (pero tiene sentido, ¿no cree usted que sí tiene sentido la cosa?... ¡Oh, esta vida que nunca quiere acabarse!). Con todo, antes de pensar, espérese a tener por lo menos algo que decir, señor Artaud.
Pues no. Yo, Antonin Artaud, por supuesto que no, ni más ni menos que no. Yo, Antonin Artaud, no quiero escribir sino cuando ya no tengo nada en qué pensar. Como quien se come su propio vientre y las ventosidades de su vientre desde adentro.
Dice usted que el público inglés no me conoce. Y en efecto, de dónde diablos habría sacado “La Correspóndanse avec Jacques Rivière”, “L'Ombilic des Limbes”, “Le Pèsenerfs”, “L'Art et la Mort”, “Le Moine”, deLewis, “Héliogabale ou l'Anarchiste couronné”, “Les Nouvelles Révélations de l'Etre”, “Le Théâtre et son Double”, “Le voyage au Pays des Tarahumaras”, “Les Lettres de Rodez” y, por fin y sobre todo, “Létura d'Eprahi”, escrito en 1935 –un libro en el que puse lo mejor de mí mismo y que se perdió y que nunca volví a encontrar aunque haya sido objeto de una magnífica impresión en caracteres tomados de antiguos incunables,
no,
en caracteres de los cuales los más antiguos incunables no son sino una imitación,
un calco, una reproducción
una transposición castrada de su propia cabeza,
y perdóneme usted si uso términos insólitos y algo pedantes, pero he aquí una transposición.

voctio vi
canó dirimá
cratí rimá
enectimí

vonomí
canó victimá
calitrimá
endó pitrí

calipí
ke loc tisperá
kalisperá
enoctimí

vanazím
enamzimí


todas ellas incantaciones estúpidas en falso sabir1, útiles para convocar a falsos muertos
porque, después de impreso aquel libro, todo el mundo se fue al cuerno, como se había ido al cuerno antes de los primeros incunables. Porque de vez en cuando, querido Sr. Peter Watson, la vida pega un salto, pero esto es algo que la historia nunca registra, y yo no he escrito nunca sino para consignar y perpetuar la memoria de esos cortes, de esas escisiones, de esas rupturas, de esas caídas bruscas y sin fondo
que ...
pero figúrese usted, querido Sr. Peter Watson, que yo no he sido nunca más que un enfermo y que , por lo tanto , no le diré nada más al respecto.
Se lo repito: nunca he podido vivir, pensar, dormir, hablar, comer, escribir
y nunca he escrito si no es para decir que nunca hice nada, que no podía hacer nada, y que nada hacía en realidad cuando algo hacía. No hay otra: toda mi obra ha sido y será construida sobre esa nada, esa carnicería, ese dsbarajuste de fuegos apagados, de sofocados gritos y de matanzas.
Uno no hace nada, no dice nada, pero sugre, desespera, y combate. Sí, creo que en el fondo lo que hace es combatir. ¿Habrá de ser apreciado, juzgado, justificado ese combate?
No.
¿Habrá de ser llamado por su nombre?
Tampoco.
Nombrar la batalla es tal vez matar a la nada.
Pero sobre todo detener a la vida.
Nadie podrá nunca detener a la vida.
¿Se asomará uno, por lo menos a la planicie?¿Quiero decir, al terraplén de después de la batalla?
¿Para husmear los recuerdos del combate?
Jamás.
Más abajo, el combate se reanuda.
¿Entonces qué? ¿El escarbado a perpetuidad de la gangrena? ¿El interminable raspado de la herida? ¿El infinito desgarramietno de la hendedura, origen de la llaga?
Tal vez.
¿Pero está usted loco?
Claro que no; es usted el que no pasa de imbécil.
En mí, Antonin Artaud, el ardor apunta, apunta, apunta2, y usted, señor crítico, se apacienta en la punta que traigo de fuera.
Y sepa usted que tal es la suma de sus características, sus limitaciones y su naturaleza.
Donde yo estoy, nada tiene ya sentido, ni está aquí la vida; pero la vida tampoco es parte del lúbrico estiaje de ustedes, los que sólo aprecian lo obvio.
Ustedes no usan la lengua ni para comer ni para hablar, sino para alancear; hunden la punta de los sesos en el untuoso limo del horror, al que baten y baten como a una mayonesa o a un aiolí; pero el horror que los hizo existir no es obra suya, oh cobardes, que escapando del sufrimiento como cualquier rajado han hecho de esa fuga la base de la vida. En aforar el caudal del mal consiste ese estado lúbrico de que ustedes hicieron la mamadera3 métrica y la especie de jerigonza suputada que usan

arganuftá
daponsidá
parganugt

ebanufte
parganupt
ebapapte
pelozipter

palón
petonne
onme
nizá


Todos los grandes libros, desde los Vedas hasta los Evangelios, pasando por los Upanishads, los Bramahsutra y la Imitación de Jesucristo, no están hechos más que de la búsqueda de la felicidad y de una beatitud cuyo fondo es una erótica,
no el amor sino una erótica
la búsqueda de un estado-laguna semejante al estiaje del infinito.
El que vive nunca descansa, ni sabe si hay felicidad o miserere, infierno o paraíso.
Vive y eso es todo.
La música no lo bate por dentro
(y el aiolí te contempla espíritu, y tú contemplas a tu aiolí, ¡y a la mierda con el infinito, después de todo!)
Los estados contemplativos son estados de cernícalos lúbricos, de desertores de la energía fundamental, de circuncisos de una anomalía.
Esa anomalía es la evidencia misma.
El macho se erige en torno al ano fuerte, el ano no es un orificio sino la verga.
El mal de ano radica en el esfínter, sofocamiento que se apodera siempre del ser que quiere vivir, y al que juzga ... ¿qué?
Sí, lo juzga por su capacidad intrínseca de sofocar ese sofocamiento. Por ser, frente a la contracción de la verga, el macho de más potentes contracciones.
Todo lo cual no pasa de ser una mala sofística verbal. En realidad, el judío es el que ha querido extirpar el dolor, de la vida y del ser, como li tigio de la existencia. Digo litigio. ¿Y qué quiere decir esto?
Quiere decir ligio yom-tija4.
Sopla la tija, la tibia de la muerte, la muerte horrible en su delito de penetrar en el ser, indolora y nada tibia.
Pero vivamos felices de que haya muertos, felices sobre el alcanfor y el polvo de los valientes cadáveres de los muertos.
Yo soy ese muerto cuyo polvo devoran: extracto tiroideo u ovárico de lo finito, de lo finito ya finiquitado.
Y bien lo sé.
Pequeños burgueses horribles, iniciados en redondear la boca en forma de beso para chuparse al difunto, devoran así mi polvo de difunto día y noche
por lo cual estoy enfermo cada vez que despierto, y sigo enfermo el día entero.
No habría enfermedades si no hubieres vampiros, hechiceros e iniciados.
Y bien lo sé.
Sé que en centros abyectos se originan, en toda la tierra, tales maniobras; y cuáles son los mortales que han optado, para vivir , por arrellanarse así en el polvo,
el polvo de los yo sobrevivientes,
el polvo de mi yo sobreviviente.
Y si en 1937 me encarcelaron en Irlanda, y me encerraron después en Francia, donde estuve internado nueve años en un asilo para lunáticos, fue sólo para que me callara la boca.
Mi obra habla mucho menos que mi vida de todas esas cosas, pero sí habla.
Muy simpáticamente suyo,

Antonin Artaud
13 de septiembre de 1946

(Traducción y notas. de Ulalume González de León).

NOTAS

1 Sabir. Sistema lingüístico pobre y esquemático (a diferencia del “podgin” o el “créole”, que son más organizados); se usa en los puertos mediterráneos y es una mezcla de árabe, francés, italiano y español.

2 Juego entre dos palabras que se pronuncian igual en francés: “je bous” (hiervo, o ardo –traduje: “mi ardor apunta, apunta”) y bout (punta).

3 “Tetier métrique”. “Tetier” (en desuso) era el nombre del remero, o uno de los remeros situados en la parte delantera de una galera, a la cabeza (tête)de los otros. (Al traducirlo por “remador métrico” o “impulso métrico”, habría yo puesto el énfasis en el carácter métrico del “Poema” en “jerigonza suputada” que sigue). Pero, aunque no figure en los diccionarios, también evoca las palabras “teter” y “tétine” (mamar y mama). Traduje “mamadera métrica” pensando en un aparato que extrae y mide (o “afora”) “el caudal del mal” y que proviene según Artaud de un “estado lúbrico” –los dos antecedentes inmediatos en la misma frase. (Mamadera es un instrumento para extraer el exceso de leche de los pechos de una mujer durante la lactación).

4 Este juego de palabras se extiende, en sucesivos asociaciones de sonido, hasta la frase siguiente: li-tige (li-tigio); homme lige (hombre ligio, vasallo); aum-lige (aum, que también se escribe om, se pronuncia igual a homme y significa según Webster's: “mantra que consiste en el sonido om proferido durante la contemplación de la realidad última”); tige (tallo) viene del latín tibia, es la forma popular de esta voz; y la tibia es el símbolo de la muerte (hay dos tibias cruzadas en la bandera del corsario). En el Diccionario de Autoridades comprobé que subsiste la equivalencia tija/tibia en español. Así recontruí los eslabone fonéticos de una cadena , similar a la del original, que termina con una sorpresa: “la muerte nada tibia” –sí muy fría.

 

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