Edith Wharton (1862-1937). Casi contemporánea de Twain, contemporánea de Dreiser, Anderson, Crane, London, Edith Wharton imaginó, en sosegadas bibliotecas de la alta burguesía neoyorquina, una obra paralela a la del gran realismo norteamericano, en la que testimonió, con estilo sutilísimo, aspectos de las profundas modificaciones sociales que se vivían en su país a principios de siglo. Esta corriente subterránea de su obra fue reivindicada por el gran crítico Edmund Wilson ( The wound and the bow , pág. 181). Fiebre Romana , asombroso por la delicadeza del trazo y el inesperado final, está a la altura de cualquier texto del mejor Henry James, del mejor Scott Fitzgerald, y se adelanta a ellos en varios años. Leerlo es una revelación; publicarlo, un acto de justicia.

 

Dos señoras norteamericanas de edad madura, pero bien conservadas, se levantaron de la mesa en que habían estado comiendo y atravesaron la elevada terraza del restorán romano. Apoyándose sobre el antepecho, se miraron, y luego miraron las glorias del Palatino y del Foro que se desplegaban ante sus ojos, con la misma expresión de vaga pero benévola aprobación.
Una voz femenina y juvenil vibró alegremente en la escalinata que descendía hasta el patio inferior.
-Vamos, ya está bien -gritó, no a ellas sino a alguna compañera invisible-, y dejemos a las jovencitas que sigan tejiendo.
Otra voz igualmente fresca le contestó entre risas.
-Oh, Babs, no tejiendo en realidad.
-Bueno, lo decía en sentido figurado -replicó la primera. Después de todo no les hemos dejado a nuestras pobres madres muchas cosas que hacer.
El resto de la conversación se perdió en la escalinata.
Las dos señoras se miraron de nuevo pero, esta vez, con un atisbo de turbación sonriente. La más menuda y pálida meneó la cabeza y se sonrojó un poco.
-¡Bárbara! -murmuró, enviando un reproche inaudible a la voz burlona de la escalinata.
La otra señora, más llena de carnes y de color más vivo, con una breve y decidida nariz apoyada por unas cejas negras y vigorosas, se rió con buen humor.
- ¡He aquí lo que nuestras hijas piensan de nosotras!
Su compañera repuso con un gesto de tolerancia:
-De nosotras personalmente, no. Debemos comprenderlo. Es, en general, la idea moderna que se tiene de las madres. Y, como verás...
Con cierto mohín de culpabilidad, sacó de su negro bolso de mano, de bella presentación, un ovillo de seda carmesí atravesado por dos grandes agujas de tejer.
-Nunca sabe una -murmuró-. El nuevo sistema nos ha dejado, indudablemente, una buena cantidad de tiempo que matar; algunas veces me canso de quedarme mirando a lo tonta... inclusive esto.
Con el ademán, indicó el escenario estupendo que se expandía a sus pies.
La dama morena volvió a reír, y ambas se concentraron de nuevo en el espectáculo, contemplándolo en silencio con una especie de vaga serenidad que acaso les comunicara el esplendor primaveral de los cielos romanos. Hacía tiempo que había pasado la hora del almuerzo y el extremo de la vasta terraza había quedado para ellas. Al otro extremo, unos cuantos grupos, demorados por la vista anchurosa de la ciudad, adquirían guías turísticas y rebuscaban en sus bolsos para repartir propinas. Cuando se retiraron los últimos, las dos quedaron solas en la altura bañada por la brisa.
-Bueno, por qué no quedarnos aquí- dijo la señora Slade, la del color subido y cejas enérgicas. Había cerca dos sillas de mimbre y las arrastró hasta el ángulo del antepecho, acomodándose en una para dominar la perspectiva del Palatino-. Después de todo, sigue siendo la vista más hermosa del mundo.
-Para mí siempre lo será -asintió su amiga, la señora Ansley, con una leve inflexión al pronunciar la palabra 'mí', lo cual hizo pensar a la señora Slade que acaso no fuese meramente accidental el énfasis en el pronombre, como los vocablos subrayados al pasar en las cartas de los autores pasados de moda. "Grace Ansley siempre fue de otros tiempos", pensó; y añadió en voz alta con una sonrisa retrospectiva:
-Es un panorama familiar para nosotras dos desde hace no sé cuántos años. Cuando nos conocimos aquí, éramos más jóvenes que nuestras hijas hoy. ¿Recuerdas?
-Oh, ya lo creo que recuerdo -murmuró la señora Ansley con la misma tensión imponderable-. Ahí está ese jefe de camareros buscando algo.
Indudablemente, estaba mucho menos segura de sí misma y de sus derechos en el mundo que su compañera.
-Verás cómo deja de buscar y de mirar -le dijo la señora Slade, alargando la mano hacia su bolsa, de gusto tan opulento y discreto como el de la señora Ansley.
Haciendo una señal al camarero le explicó que ella y su amiga eran antiguas entusiastas de Roma, y les encantaría pasar el resto de la tarde gozando de aquella vista... bueno, si eso no quebranta o perturba el servicio.
El jefe de camareros, agradeciendo la propina con una inclinación de cabeza le aseguró que las damas podían hacer lo que mejor les pareciera, no faltaba más, y que tendría a bien que se quedasen hasta la hora de cenar. Era noche de luna llena, al fin y al cabo...
Las negras cejas de la señora Slade se fruncieron, como si la referencia a la luna estuviera fuera de lugar y no le gustase nada. Pero borró el ceño con una sonrisa cuando se retiró el camarero.
-¿Y por qué no? No tenemos cosa mejor que hacer. Y, además, no sabemos cuando estarán de vuelta las muchachas. ¿Sabes tú siquiera adónde han ido? ¡Yo no!
-Creo que esos jóvenes aviadores italianos a quienes conocimos en la embajada las invitaron a ir en avión hasta Tarquina para tomar el té. Supongo que querrán quedarse para regresar volando a la luz de la luna.
-¡La luz de la luna!...; la luz de la luna. ¿Desempeñará algún papel todavía? ¿Crees tú que son tan sentimentales como lo fuimos nosotras?
-He llegado a la conclusión de que no sé en absoluto cómo son -aseguró la señora Ansley-. Y, acaso, tampoco nosotras nos conocimos íntimamente.
-No, puede ser que no.
Su amiga la miró con expresión tímida.
-Jamás hubiese supuesto que eras una sentimental.
-Bueno, a lo mejor no lo era.
La señora Slade bajó los párpados para recordar y durante unos momentos las dos damas, que eran íntimas amigas desde la niñez, reflexionaron en lo poco que, en realidad, conocía la una a la otra. Cada una de ellas, por supuesto, había colocado mentalmente una etiqueta al nombre de su amiga: la señora de Delphin Slade, por ejemplo, hubiese dicho para sus adentros o a cualquiera que se lo preguntara, que a la señora de Horace Ansley era exquisitamente hermosa, hacía veinticinco años... ¿no lo creería usted, verdad?... Aunque, naturalmente, sigue siendo todavía encantadora y distinguida... bueno, de joven había sido exquisita; mucho más que su hija Bárbara; aunque indudablemente, Babs, por lo menos de conformidad con los nuevos patrones, era más efectiva, tenía más penetración, como dicen. Era curioso de dónde habría podido sacar aquella cualidad, porque su padre y su madre eran dos nulidades. Sí; Horace Ansley era... bueno, digamos, la réplica de su esposa: ejemplares de museo del viejo Nueva York. Bien parecido, irreprochable, modelo.
La señora Slade y la señora Ansley habían vivido frente a frente, material y simbólicamente, durante años y años. Cuando se renovaban las cortinas del recibidor del número 20 Calle 73 Este, siempre se enteraban en el número 23, que estaba en la acera de enfrente; de todos los cambios, compras, viajes, aniversarios, achaques... La crónica prosaica de una pareja estimable. Pero la señora Slade ya se había aburrido de todo ello por los tiempos en que su marido dio su gran golpe en Wall Street, y, cuando compraron casa en Park Avenue, había empezado a pensar: "Preferiría vivir frente a una cantina clandestina; por lo menos me divertiría viendo cómo la asaltaba la policía". La idea de ver asaltada a Grace le resultaba tan divertida que, antes de mudarse, lo contó en un almuerzo femenino. El chiste hizo gracia y circuló... A veces pensaba si no habría cruzado la calle y llegado a los oídos de la misma señora Ansley. Esperaba que no pero no le preocupaba gran cosa. En aquellos días, la respetabilidad estaba en baja, y a ningún irreprochable molestaba que se riesen de él un poco.
Unos cuantos años después, y con pocos meses de diferencia, ambas damas perdieron a sus maridos. Se produjo el natural intercambio de coronas y pésames, y su intimidad se renovó por breve tiempo a la penumbra de su luto común. Ahora, después de otro intervalo, se habían encontrado en Roma en el mismo hotel, convertida cada una de ellas en el apéndice modesto de sus desenvueltas hijas. Lo semejante de su suerte las había vuelto a acercar, prestándose la situación a bromas y a la confesión mutua de que, si en otros tiempos era cansado "marchar" con las hijas, en los actuales resultaba, a veces, un poco aburrido no hacerlo.
No cabía duda, reflexionaba la señora Slade, que ella sentía, más que la pobre Grace, el estar libre de compromiso. Había bastante diferencia entre ser la esposa de Delphin Slade y su viuda. Siempre se había considerado, con cierto orgullo conyugal, como igual suya en cualidades sociales, como contribuidora en su medida a hacer la pareja excepcional que fueron; pero el cambio de cosas después de su muerte era irremediable. Como esposa del famoso abogado de grandes firmas de negocios, siempre con uno o dos casos internacionales entre manos, tenía que atender todos los días alguna obligación social interesante e inesperada: el agasajo imprevisto a colegas eminentes del extranjero, los precipitados viajes de negocios a Londres, París o Roma, donde a su vez eran agasajados; la delicia de oír a su espalda: "Mira, ¿quién es esa bella mujer vestida con tanta elegancia y de ojos tan bonitos? ¿La señora Slade? ... ¿La esposa de Slade? ¿De verdad? Generalmente, las mujeres de las celebridades no valen nada".
Sí, eso de ser viuda de Slade era de lo más aburrido, después de todo aquello. El nivel de un marido así exigía consagrarle todas sus facultades; ahora sólo le quedaba su hija. El hijo, que parecía haber heredado las cualidades de su padre, murió de repente en su niñez; tuvo arrestos para soportar aquella pérdida porque contaba con su marido, a quien había que ayudar y que la ayudaba también a ella; ahora, después de la muerte del padre, el recuerdo del hijo la impulsaba a tratar con mayor preocupación maternal a su hija, pero su querida Jenny era una hija tan perfecta que no necesitaba excesivos cuidados. "En cambio con Babs Ansley, no sé si me quedaría tan tranquila", reflexionaba a veces, no sin ribetes de envidia. Jenny, más joven que su brillante amiga, era uno de esos extraños casos de muchacha extraordinariamente bonita que sin embargo hacen que su juventud y su belleza parezcan inofensivas. Todo esto resultaba insólito y para la señora Slade un poco aburrido. A ella le hubiera gustado que Jenny se enamorara... aunque fuera del hombre menos adecuado; que tuviera, incluso, que ser vigilada, protegida, rescatada. En lugar de eso, era Jenny la que vigilaba a su madre, la que cuidaba que no se pusiera en las corrientes de aire, la que se aseguraba de que tomase el tónico a sus horas...
La señora Ansley era mucho menos expresiva que su amiga, y su retrato mental de la señora Slade era más borroso y no tenía trazos tan firmes. "Alida Slade es tremendamente brillante, pero no tanto como cree", así podría resumirse; aunque hubiera añadido, para ilustración de los que no la conocía, que la señora Slade había sido de joven extremadamente decidida; mucho más que su hija, quien sin duda, era bonita e inteligente hasta cierto punto, pero carecía de... bueno, de la "vividez" de su madre, como la calificó alguien cierta vez. La señora Ansley empleaba de cuando en cuando palabras en boga como ésa y las citaba entre colmillas, como audacias inauditas. No, Jenny no era como su madre. A veces la señora Ansley creía que Alida Slade estaba decepcionada; en general, había tenido una vida triste. Llena de fracasos y equivocaciones; la señora Ansley siempre había tendido a compadecerla...
Así era como se veían recíprocamente estas dos damas, cada una de ellas mirando a la otra por el lado indebido del telescopio.

2.
Siguieron sentadas largo rato una junto a otra sin hablar. Como si les resultase un alivio interrumpir sus actividades relativamente útiles, frente al vasto memento mori que tenían delante. La señora Slade estaba perfectamente tranquila, con los ojos fijos en la silueta dorada del Palacio de los Césares y, al poco tiempo, la señora Ansley dejó de golpear nerviosamente con los dedos su bolso y se hundió igualmente en profunda meditación. Como ocurre a tantas amigas íntimas, jamás habían tenido ocasión de estar juntas en silencio, y la señora Ansley se encontraba ligeramente cortada ante lo que parecía, después de tantos años, una nueva etapa en sus relaciones, que no sabía cómo tratar.
De repente el aire se pobló de ese tañido profundo de campanas que periódicamente cubre a Roma con una techumbre de plata. La señora Slade miró su reloj de pulsera.
-Las cinco de la tarde ya -dijo, como si la sorprendiese aquello.
La señora Ansley indicó en tono de sugerencia:
-En la embajada se juega bridge a esta hora.
La señora Slade no contestó, y la señora Ansley creyó que no había oído. Finalmente, murmuró, como si saliese de un sueño:
-¿Bridge, dijiste? No, a menos que quieras... Pero no creo que me interese, ya sabes.
-Oh, no -se apresuró la señora Ansley a tranquilizarla-. A mí tampoco. Se está bien aquí... y todo tan lleno de recuerdos, como tú dices...
Se acomodó en su silla y, casi furtiva, sacó su labor. La señora Slade la observó con una mirada oblicua, pero sus manos hermosamente cuidadas permanecieron inmóviles sobre sus rodillas.
-Estaba pensando -fue diciendo lentamente- cuán distintas son las cosas que Roma presenta para cada generación de viajeros. Para nuestras abuelas, la fiebre romana; para nuestras madres, peligros sentimentales... ; para nuestras hijas no encierra más peligros que cualquier Calle Mayor. Ellas no lo saben... ¡pero cuánto se están perdiendo!
La larga banda de luz áurea estaba palideciendo y la señora Ansley levantó un poco más la labor hacia sus ojos.
-Tienes razón; ¡cómo nos cuidaban!
-Siempre pensé -continuó la señora Slade -que nuestras madres tenían una tarea mucho más difícil que nuestras abuelas. Cuando la fiebre romana rondaba por las calles, tenía que ser relativamente fácil recoger a las muchachas a la hora del peligro; pero cuando tú y yo éramos jóvenes, con toda la belleza que nos invitaba y el factor desobediencia tan arraigado en nosotros, sin más riesgo que pescar un resfriado a las horas frescas del crepúsculo, nuestras madres se veían en un aprieto para retenernos... ¿no te parece?
Se volvió de nuevo hacia la señora Ansley, pero ésta había llegado a un punto delicado de su tejido.
-Uno, dos, tres, me pasé dos; tienes razón, debía serles difícil -asintió sin levantar la vista.
La mirada de la señora Slade se posó sobre ella con mayor atención. "Y es capaz de tejer... ¡delante de esto! ¡Qué típico de ella!..."
La señora Slade se recostó en el respaldo de su silla, pensativa y recorriendo con los ojos las ruinas que se extendían ante ella hasta la hondonada larga y verde del Foro, contemplando el resplandor de las iglesias que se levantaban tras él y, a lo lejos, la inmensidad del Coliseo. De repente se le ocurrió: "Me parece bien que nuestras chicas se hayan olvidado del sentimentalismo y de la luna. Pero si Babs Ansley no tiene intenciones de cazar a ese aviador joven -el que es marqués-, es que no sé nada de nada. Y Jenny no tiene la menor oportunidad a su lado. Esto también lo sé. ¿No será por eso por lo que a Grace Ansley le gusta que vayan juntas las dos a todas partes? Mi pobre Jenny dama de compañía".
A la señora Slade se le escapó una risa apenas audible y la señora Ansley dejó el tejido al oírla.
-¿Eh?
-Es que... oh, no es nada. Estaba pensando cómo tu Babs se lleva el mundo por delante. Ese muchacho Campolieri es uno de los mejores partidos que hay en Roma. No te hagas ahora la inocente, querida... tú sabes que sí. Y me estaba extrañando, con todos los respetos, claro está, ya comprendes... cómo dos caracteres tan ejemplares como tú y Horace pudieron producir algo tan dinámico.
La señora Slade volvió a reír, con una leve aspereza.
Las manos de la señora Ansley quedaron inertes sobre sus agujas. Extendió los ojos sobre los escombros que, a sus pies, habían acumulado la pasión y el esplendor. Pero su pequeño perfil apenas acusaba expresión alguna. Por fin dijo:
-Creo que sobreestimas demasiado a Babs, querida.
El tono de la señora Slade se hizo más frívolo.
-No, nada de eso; me doy cuenta de lo que vale. Y acaso, hasta te envidio. Oh, mi chica es perfecta; si yo fuese una inválida crónica, te aseguro que... preferiría estar en manos de Jenny. Tiene que haber ocasiones... pero ¡qué se va a hacer! Siempre deseé una hija brillante... y no he llegado a comprender cómo tuve un ángel en su lugar.
La señora Ansley reaccionó a su risa con tenue murmullo:
-Babs es un ángel también.
-¡Ya lo sé... ya lo sé! Pero tiene alas de arco iris. Bueno, a estas horas estarán paseando junto al mar con sus galanes, y nosotras aquí sentadas... lo cual nos recuerda tiempos pasados, con demasiada viveza quizá.
La señora Ansley volvió a su tejido. Acaso uno pudiese imaginarse (de no conocerla, cavilaba la señora Slade) que también siente surgir numerosos recuerdos de las sombras cada vez más largas de estas augustas ruinas. Pero, no; ahí está tan absorta en su labor. ¿Qué preocupaciones puede tener? Sabe que Babs, casi seguramente, regresará comprometida con ese magnífico muchacho Campolieri. "Y venderá la casa de Nueva York para establecerse cerca de ellos en Roma, sin estorbarlos para nada... porque tiene demasiado tacto. Pero contará con un excelente cocinero y con gente adecuada para jugar bridge y tomar cócteles... y una ancianidad completamente tranquila entre sus nietos".
La señora Slade rompió aquella divagación profética con una reacción de reproche contra sí misma. No había en el mundo persona de la tuviese menor derecho a pensar con malicia que de Grace Ansley. ¿Pero no iba a lograr curarse nunca de la envidia que le inspiraba? A lo mejor la venía envidiando desde hacía mucho tiempo.
Se levantó y se apoyó contra el parapeto, llenando sus ojos preocupados con la magia sosegante de la hora. Pero aquella vista pareció exacerbar su irritación en lugar de calmarla. Su mirada se volvió hacia el Coliseo. Ya su flanco dorado se sumergía en sombras violáceas y, sobre él, se curvaba la bóveda cristalina del cielo, sin luz ni color. Era el momento en que la tarde y el anochecer se equilibran en la altura.
La señora Slade se volvió y puso la mano sobre el brazo de su amiga. Aquel gesto fue tan inesperado que la señora Ansley levantó la cabeza, sorprendida.
-El sol se ha puesto. ¿No tienes miedo, querida?
-¿Miedo?
-A la fiebre romana o a una pulmonía... recuerdo lo mal que estuviste aquel invierno. De joven tenías una garganta muy delicada, ¿no?
-Oh, estamos muy bien aquí. Ahí abajo, en el Foro, hace mucho frío a estas horas, de repente... pero aquí no.
-Y, tú lo sabes muy bien, porque tenías que andar con tanto cuidado.
La señora Slade se volvió hacia el parapeto. Pensaba: "Tengo que hacer otro esfuerzo para no odiarla". Y en voz alta dijo:
-Cada vez que miro el Foro desde aquí arriba, recuerdo aquel cuento de una tía abuela tuya... ¿no era ése el parentesco? Era terriblemente maliciosa.
-¡Ah, sí! Mi tía Harriet. Es de la que se contaba que había mandado a su hermana más joven al Foro después de puesto el sol a que le trajese una flor nocturna para su álbum. Todas nuestras tías y abuelas solían tener álbumes de flores secas.
La señora Slade asintió con la cabeza, añadiendo:
-Pero en realidad, la envió porque estaban enamoradas del mismo hombre...
-Bueno, así decía la tradición familiar. Cuentan que tía Harriet lo confesó unos años después. Sea ello lo que fuere, el caso es que su pobre hermana contrajo la fiebre y murió. Nuestra madre solía asustarnos con esta historia cuando éramos niñas.
-Y tú me asustaste con ella, aquel invierno en que estuvimos aquí las dos, siendo jóvenes. Fue el invierno en que me comprometí con Delphin.
La señora Ansley emitió una leve risa.
-Oh, ¿Sí? ¿De verdad te asusté? No creo que tú te asustes con facilidad.
-No me ocurre a menudo, pero entonces sí me asusté, porque era demasiado feliz. Supongo que comprenderás lo que eso quiere decir, ¿no?
-Yo... sí... -balbuceó la señora Ansley, insegura.
-Bueno, supongo que fue por eso por lo que me hizo tanta impresión la historia de tu perversa tía. Y me quedé pensando: "Ya no hay fiebre romana, pero en el Foro hace un frío terrible después de oscurecer... sobre todo si el día ha sido caluroso. Y el Coliseo está más frío y húmedo todavía".
-¿El Coliseo? ...
-Sí. No era fácil entrar después de que cerraban las puertas al llegar la noche. Nada fácil. Pero, aquellos días, podía arreglarse todavía; se arreglaba con mucha frecuencia. Allí se veían los amantes que no podían verse en otra parte. ¿No lo sabías?
-Yo... quizás. No recuerdo.
-¿Que no recuerdas? ¿No recuerdas haber ido a visitar no sé qué ruinas un día, al anochecer, cuando ya estaba todo oscuro, y pescaste un catarro tremendo? Se suponía que fuiste a contemplar la salida de la luna. La gente dijo siempre que aquella expedición fue la causa de tu enfermedad.
Se produjo un momento de silencio, al cabo del cual, preguntó la señora Ansley:
-¿Sí?... Fue hace tanto tiempo.
-Sí. Y como te pusiste bien, la cosa no tuvo mayor importancia. Pero creo que extrañó a tus amistades... me refiero a la razón que dieron de tu dolencia... Porque todos sabían lo prudente que eras por lo delicado de tu garganta, y cómo tu madre te cuidaba tanto... ¿No es cierto que saliste aquella noche a echar un vistazo?
-Puede que sí. Hasta las muchachas más prudentes dejan de serlo alguna vez. ¿Cómo es que lo recordaste ahora?
La señora Slade pareció no saber qué contestar de pronto, pero, después de un momento, replicó:
-Porque, sencillamente, ¡ya no lo puedo aguantar más... !
La señora Ansley levantó rápidamente la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos y estaba muy pálida.
-¿Qué es lo que no puedes aguantar?
-Pues... que no sepas que siempre he sabido por qué fuiste.
-¿Por qué fui?
-Sí. Crees que estoy fanfarroneando, ¿no? Pues bien, saliste a verte con el hombre con quien yo estaba comprometida... y puedo repetirte palabra por palabra la carta que te hizo acudir.
Mientras la señora Slade hablaba, la señora Ansley se había puesto de pie con gesto inseguro. Su bolso, su tejido y sus guantes cayeron al suelo en trémulo montón. Miró a la señora Slade como si estuviese viendo un fantasma.
-No, no... por favor - farfulló.
-¿Por qué no? Escucha, si es que no me crees. "Mi adorada, las cosas no pueden seguir así. Habrá alguien allí para dejarte pasar. No es nadie que pueda sospechar..." Pero, ¿no te habrás olvidado acaso de lo que decía aquella carta?
La señora Ansley reaccionó con una seriedad inesperada. Apoyándose en la silla, clavó los ojos en su amiga y le contestó:
-No, también yo me la sé de memoria.
-¿Y la firma? "Sólo tuyo, D. S." ¿No es así? Tengo razón, ¿verdad? Aquella fue la carta que te hizo salir después de oscurecer, ¿no?
La señora Ansley seguía mirándola fijamente. A la señora Slade le pareció que se estaba librando una sorda lucha tras la máscara de su breve rostro tranquilo, dominado a base de fuerza de voluntad.
"Nunca hubiera sospechado que fuera capaz de dominarse así", pensó la señora Slade casi con rencor. Pero, en aquel momento habló la señora Ansley:
-No sé cómo te enteraste. Quemé inmediatamente la carta.
-Ah, claro que sí... ¡eres tan precavida! -su sarcasmo era ahora manifiesto-. Y, naturalmente, como quemaste la carta no comprendes cómo pude enterarme. ¿Estoy en lo cierto?
La señora Slade esperó, pero la señora Ansley no contestó.
-Pues verás, querida... Sé lo que decía la carta, porque la escribí yo.
-¿Que la escribiste tú?
-Sí.
Por un momento las dos mujeres se miraron fijamente en el último fulgor dorado. Luego la señora Ansley se dejó caer en la silla.
-¡Oh! -murmuró, y se cubrió la cara con las manos.
La señora Slade esperó con nerviosidad a que pronunciase otras palabras o hiciera algún movimiento. No pasó nada y, por fin, rompió el silencio:
-Te horrorizo.
Las manos de la señora Ansley cayeron sobre sus rodillas. El rostro que dejaron al descubierto estaba regado de lágrimas.
-No pensaba en ti en este momento. Pensaba en que... fue la única carta que tuve de él.
-Pues yo la escribí. ¡Sí, yo la escribí! Pero era su prometida. ¿No se te ocurrió acordarte ese detalle?
-No trato de disculparme... me acordé.
-¿Y, a pesar de todo, acudiste?
-Sí, a pesar de todo acudí.
La señora Slade se quedó mirando la pequeña figura inclinada a su lado, abajo en la silla. El fuego de su indignación se había sosegado ya, y se extrañaba de haber podido pensar que fuese capaz de producirle satisfacción la herida que, tan a la ligera, había inferido a su amiga. Pero tenía que justificarse.
-¿Lo comprendes ahora? Me enteré... y te aborrecí, te aborrecí. Sabía que estabas enamorada de Delphin... y tenía miedo, miedo de tu estilo callado y tranquilo, de tu dulzura... de tu... bueno, quería que me dejaras el camino libre, eso era todo. Sólo unas cuantas semanas, hasta que estuviera segura de él. Por eso te escribí la carta en un arrebato de cólera... No sé a qué contártelo ahora.
-Supongo que será - dijo la señora Ansley lentamente- porque me has seguido aborreciendo siempre.
-Quizá. O porque quería desahogar mi mente de todo esto. -Hizo una pausa-. Me alegro de que destruyeses la carta. Claro está, no se me ocurrió que pudieras morirte.
La señora Ansley volvió a hundirse en el silencio, y la señora Slade que se inclinaba sobre ella, se sintió invadida por una sensación extraña de aislamiento, de estar cercenada de la cálida corriente de la comunión humana.
-Me está tomando por un monstruo.
-No sé... fue la única carta que recibí, ¿y dices que no la escribió él?
-Oh, ¡cómo te interesa todavía!
-Me interesaba ese recuerdo- le dijo la señora Ansley.
La señora Slade continuó de pie, mirándola. Parecía físicamente mermada por el golpe, como si el viento pudiera de un soplo convertirla en una ráfaga de polvo. Volvió a sentir envidia al mirarla. Todos aquellos años su amiga había estado viviendo del recuerdo de la carta. ¡Cómo tuvo que haberlo amado para atesorar así el simple recuerdo de unas cenizas! Las de la carta del hombre con quien estaba prometida su amiga. ¿No era ella el monstruo?
-Hiciste cuanto estuvo a tu alcance para arrebatármelo, ¿verdad? Pero fracasaste y me quedé con él. A eso se reduce todo.
-Sí, a eso se reduce todo.
-Ahora siento habértelo dicho. No se suponía que lo llevases tan hondo en tu corazón; creí que te divertiría recordarlo. Todo ocurrió hace ya tanto tiempo, como tú misma dices... Y debes hacerme justicia, pensando que no tenía motivo para creer que lo habías tomado tan en serio. ¿Cómo podía creerlo, si te casaste con Horace Ansley dos meses después? En cuanto estuviste en condiciones de levantarte de la cama, tu madre te mandó a toda prisa a Florencia y te casó. La gente se extrañó mucho... todos lo juzgaron como algo precipitado; pero yo sabía la razón. Me parecía que lo hiciste por despecho, por amor propio, para poder decir que te habías adelantado a Delphin y a mí. Las muchachas tienen motivos de lo más absurdos para hacer las cosas más serias. Y el casarte tan pronto, me convenció de que, en realidad, nunca te importó mucho.
-Sí, supongo que te convenció -asintió la señora Ansley.
El lúcido firmamento que se extendía en la altura quedó sin un solo celaje de oro. La oscuridad lo invadió, ensombreciendo súbitamente las Siete Colinas. Aquí y allá comenzaron a brillar luces entre el follaje que se hacía denso a sus pies. Se oían pasos que iban y venían sobre la desierta terraza... eran camareros que se asomaban a la entrada abierta en el remate de la escalinata para reaparecer con bandejas, servilletas y botellas de vino. Movieron las mesas, enderezaron las sillas. Titiló un cable sutil de luces eléctrica. Fueron cambiados algunos jarrones de flores marchitas por otros nuevos. Una señora corpulenta, con guardapolvo, apareció precipitadamente preguntando en tosco italiano si alguien había visto la banda elástica con que sujetaba las tapas de su desencuadernado Baedecker. Con la ayuda de los camareros y valiéndose de su bastón rebuscó por debajo de la mesa en que había comido.
El rincón donde estaban la señora Slade y la señora Ansley seguía todavía en sombras y olvidado. Durante un buen rato, no habló ninguna de las dos. Por fin la señora Slade rompió el silencio:
-Bueno, creo que más bien lo hice para jugarte una broma.
-¿Una broma?
-Bueno, las muchachas son crueles a veces, ya lo sabes. Sobre todo si están enamoradas. Recuerdo que estuve riéndome toda la noche al pensar que esperabas y esperabas por allí, sondeando la oscuridad, evitando ser vista, escuchando el más ligero ruido, tratando de entrar... Créeme, lo sentí mucho cuando me dijeron que te habías puesto tan enferma después.
Hacía mucho tiempo que no se movía la señora Ansley, pero, al oír aquello, se fue volviendo poco a poco hacia su compañera.
-Pero si no tuve que esperar... Él había arreglado todo. Estaba allí. Nos abrieron enseguida -dijo.
La señora Slade se incorporó de repente, abandonando su postura de apoyo sobre el parapeto.
-¿Que Delphin estaba allí? ¿Qué abrieron enseguida...? ¡Ah, ahora sí que estás mintiendo! -prorrumpió con violencia.
La voz de la señora Ansley adquirió tonos más claros y se llenó de sorpresa.
-Pues claro que estaba allí. Naturalmente fue...
-¿Que fue? ¿Cómo sabía que te iba a encontrar allí? ¡Tú estás loca!
La señora Ansley vaciló un poco, como reflexionando.
-Es que yo contesté la carta. Le dije que contase conmigo. Por eso fue.
La señora Slade se llevó las manos a la cara.
-¡Dios mío! ... ¡Contestaste! No se me ocurrió que podías contestar...
-Es muy raro que no hayas pensado en eso siendo tú quien escribió la carta.
-Sí. Me cegó la rabia.
La señora Ansley se levantó y se echó sobre los hombros su bufanda de piel.
-Hace frío aquí. Será mejor que nos vayamos... Lo siento por ti -le dijo, ciñéndose la piel a la garganta.
Aquella noticia inesperada angustió a la señora Slade.
-Sí, es mejor que nos vayamos -repuso, recogiendo su bolso y su capa-. No entiendo por qué lo has de sentir por mí -murmuró.
La señora Ansley volvió la cara hacia la mole oscura y silenciosa del Coliseo.
-Pues... porque no tuve que esperar aquella noche.
La señora Slade se rió nerviosamente.
-Sí. Ahí me derrotaste. Pero no tengo motivos para guardarte rencor. Sobre todo después de los años que han pasado. Además, conseguí lo que quería; fue mío durante veinticinco años. Y tú no tuviste nada, como no fuese una carta que no escribió él.
La señora Ansley se calló de nuevo. Por fin caminó hacia la puerta de la terraza. Dio un paso y se volvió, para mirar a su compañera.
-Tuve a Bárbara -le dijo, y se dirigió, por delante de la señora Slade, hacia la escalinata.

 

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