Nuestra balsa se honra con la incorporación de este cuento de Alberto Laiseca incluído en su libro Gracias Chanchúbelo.

DE MI BASTÓN SALEN JINGLES

En una calle de Monitoria, Tecnocracia Central, se encontraron el Maestro y el discípulo. Dijo este último:
-Estoy deprimido.
-¿Por?
-El editor me rebotó Ruido de megatones en la terraza, mi última novela. Así, pues, si usted me disculpa, Maestro, voy a poner un disquito para levantarme el ánimo.
No bien pronunció estas raras palabras, Coquito introdujo una diminuta placa discográfica de cuatro centímetros en la punta de su bastón de fresno. El mencionado posería en su vértice más grueso una púa y un diminuto pick up, ambos cubiertos por una cúpula de plástico protector. Lo interesante del invento era que emitía en bandas inaudibles para el oído común. Como funcionaba a nivel subliminal, actuando sobre el inconsciente, su efecto resultaba devastador. Era necesario ser ocultista como ellos para percatarse.
Del aparato salió una voz imposible, chillona, grotesca:
"Tú eres el mejor
ya te publicarán
ya vendrá la buena
tú eres el geniaaal!"
-Bien, basta. Suficiente. Ánimo levantado -dijo Coquito y apagó el aparato.
El otro, Maestro de alta jerarquía, podía escuchar lo que para las personas comunes estaba vedado. sonrió ante el invento de su discípulo. Ambos pertenecían a una Sociedad Esotérica de sólo tres miembros, a la cual habían puesto el nombre megalómano de Sociedad de los Setenta Guerreros. Tal denominación se elaboró con fines invocatorios. Según decían, quizá en esa forma lograsen aumentar su reducido número. Eran tres, como ya se dijo: Coco el Maestro, Coquito el discípulo, y una tercera persona nebulosa e inaccesible -a quien sólo el Maestro podía visitar- llamada Súper Coco, o Súper a secas. Estaban enemistados con otra Sociedad de ocultistas denominada El Círculo Caucasiano de las Treinta y Tres Tizas. Ésta sí que era una abrupación poderosa: una multitud de cuatro, por lo menos. Se combatían día y noche con una industria digna de mejor causa. No les quedaba tiempo -tanto a unos como a otros- más que para sus luchas. Así, pues, por los general, las Sociedades Esotéricas sólo sirven para combatir entre sí.
Preguntó el Maestro, siempre sonriendo:
-¿Y eso?
-Un disquito para levantarme la moral. Tengo mis propios jingles. Cuando mi ánimo está por el piso, me manijeo un poco y listo. LLevo varios conmigo. Sirven para defenderse o atacar.
El Maestro, simulando ignorancia:
-¿Cómo así?
-Ejemplos. Supongamos que el colectivo va muy despacio y yo estoy apurado; en ese caso le hago escuchar a quien maneja un "apura, apura". Sin que se percate, por supuesto. Los otros días casi lo hice chocar al de la línea Liverpool-Virreyes. Si alguien me quiere cobrar una cuneta y no tengo plata, le manejo el subconsciente con un "olvida olvida". Y si, por fin, un enemigo busca en su atachet algún chichi-vudú para reventarme, le pongo un "pierda pierda".
El Maestro, simulando sorpresa y hasta algo de enojo:
-Ignoro entonces cómo no te publicaron. También, ¡vos sos estúpido...! ¿Por qué al editor no le pusiste un "publique publique"?
-Se lo puse. Ocurre que él ya estaba prevenido contra la posibilidad de escritores esoteristas. Tenía debajo de la mesa un mini disco, menos mini que el mío -o sea, más grande-, que decía en banda inaudible:
NO PUBLICO, NO PUBLICO.
-Yo sabía, él sabía que yo sabía, y yo sabía que él sabía que yo estaba derrotado. Conversábamos de la manera más normal del mundo, como si nada ocurriera. Me reventó.
-Y bueno, paciencia. Ya encontrarás un editor desprevenido.
-No. He descubierto que hoy día todos los editores tienen dispositivos antidisco. Es imposible manijerarlos. Esto me asombra muchísimo, pues creía que era un invento mío.
El Maestro lanzó una carcajada:
-Pero mi estimado Coquito: a ese juguete ya lo conocían los babilónicos. Es algo viejísimo.
-¿De veras?
-Naturalmente. Cualquier ocultista que se precie lleva hoy día tres o cuatro dispositivos antidisco.
-¡Con razón! Ahora entiendo lo que me pasó los otros días. Algo espantosos. Quise obligar a un tipo a venderme su propiedad. Por las dudas le puse un "venda venda". Me la vendió, en efecto. Demasiado tarde comprobé que el chiste me había salido carísimo. El cerdo hizo funcionar un "arruínese arruínese".
-Claro, pero si es una casa obsoleta. El gordo Goering tenía un dispositivo como èse para defender Berlín. Él había dicho en un discurso: "Si una sola bomba cae sobre la ciuad dejaré de llamarme Hermann Goering. En ese caso me llamaré Maier y, además, me comeré el sombrero". El buen mariscal del REich debió pensar para sus adentros: "En todos caso, me fabricaré un sombrero con repollitos de Bruselas".
-¿Y que ocurrió, Maestro?
-Parece que algo salió mal, porque en el año 44, más o menos, un ciudadano alemán le mandó una carta que decía: "Supongo , mi señor mariscal del Reich, que ahora deberemos llamarlo Maier".
Goering, en secreto, para conjurar la amenaza de las bombas, había ordenado a Speer, Ministro de Armamentos, que le construyese un disquito gigante de doscientos metros de diámetro y cien toneladas de peso. Una bocina oculta croaba en inaudible plano: "no caigan no caigan". Por desgracia la tecnología no estaba totalmente dominada por aquel entonces y el motor movía el plato a varias revoluciones menos de las debidas. La voz salía gravísima. Habría funcionado igual, no obstante, de no ser por un infortunado olvido. Las bombas no cayeron mientras el disco fue tocado por la púa. El pick up se levantó. Hasta que volvió atrás para reiniciar el camino, pasaron cinco minutos. Fue suficiente para que los aliados lanzaran sobre Berlín nueve mil ochocientas toneladas de bombas, una de las cuales destruyó el aparato.
El mariscal propuso entonces la creación de dos ingenios gemelos y sincrónicos; de esta manera, uno funcionaría mientras el otro estuviese en receso. Pero ya era tarde: su idea había caído en el mayor de los descréditos, y el Führer en presona prohibió la fabricación de disquitos gigantes.
Todo esto había sido contado, por el Maestro, entre carcajadas. Aún se estaba riendo cuando introdujo una mano en el portafolios. Buscó durante largo rato, desesperado. Ya no se reía. Su rostro había cambiado de color.
-Maldición.
-¿Qué pasó? -preguntó Coquito asombrado.
-No encuentro mi libretita negra. Tenía que mandarte a un lado con urgencia-. El Maestro olfateó el aire. Miró atentamenta a los transeúntes. Luego, con una cara de Moisés ante Faraón, ordenó -Si hay un "pierda pierda" jorobando, que reviente ya mismo sin falta.
A varios metros de ellos se oyó una explosión. Un humito gris amarillenteo comenzó a salir del atachet de un tipo que simulaba mirar una vidriera. Azorado al verse descubierto, huyó.
-¿Ha visto? Aquí estaba la pícara -dijo el Maestro Coco sacando una libretita negra, ajada, rotosa. Muy satisfecho la guardó en el saco.
Extrañará, sin duda, que no le diese a Coquito las instrucciones prometidas. Ocurre que los adversarios eran dos. Uno equipado con un "pierda pierda" y otro con un "olvida olvida".
El segundo no había sido anulado.
-Bueno, chau. Me voy a lo de Súper -dijo el Maestro-. Mañana te cuento si hay alguna novedad.
Luego de que el maestro lo hubo dejado, Coquito, sumamente deprimido, se metió en el subte. Dentro del coche, aparte de otros pasajeros, había un karateca coreano que le llamó la atención: dedos sin uñas, manos deformadas a causa de tanto romper maderas y ladrillos. No era muy alto pero si fuertísimo. Daba la impresión de alguien invencible. Cada centímetro cuadrado de su persona revelaba una callosidad o un músculo. Ello resultaba aún más notable por el hecho de que, además, el tipo era marica. Saltaba a la vista por su forma de moverse y mirar. Las ideas esquemáticas de Coquito con respecto a los homosexuales se derrumbaron.
Cerca de karateca había una chica muy linda. Mirando a su bastón de fresno, Coquito pensó: "Ésta es la última oportunidad que te doy. No me falles".
Ahora bien, cuando puso el "sedúzcase sedúzcase", en vez de seducir a la chica, enganchó al coreano, quien le empezó a hacer miraditas.
Viendo el atroz resultado Coquito se puso blanco. Veloz cual centella bajó del vehículo en la primera estación y se perdió entre la multitud.
Cuando al otro día se reunió con su Maestro, le declaró:
-He tirado a la basura el bastón tocadiscos. Me compré una guitarra eléctrica. Voy a dedicarme a la música heavy. Ahora por fin comprendo que el rock y las marchas militares son la única verdad.
El otro lo miró asombrado:
-¿Pero cómo? ¿Y tu amado Wagner?.
Coquito contestó con suficiencia:
-Wagner es una mezcla de heavy con marcha militar.

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