Entrevista a María Esther de Miguel, publicada en la revista Magazine Actual de diciembre de 1997.
-En los últimos años los lectores se volcaron a la novela con base histórica. En su caso, ¿a qué atribuye este fenómeno?
-Yo siempre he sido novelista -en verdad soy cuentera, como decía mi mamá- y desde siempre, el tema histórico fue una constante en mis libros. Hace treinta años que escribo fundamentalmente lo que a mí me gusta. Ahora empezó a suceder que lo que a mí me gusta coincide con el gusto de una gran cantidad de personas.
-¿Es cierto que desde sus primeros libros hay cuentos y situaciones que tienen que ver con la historia?
-Sí, en Espejos y daguerrotipos (1980) -que ahora se vuelve a publicar con el nombre de Los espejos del recuerdo- ya tomaba a Urquiza y a la Delfina. Recuerdo que los chicos de la escuela primaria una vez me la dibujaron a la Delfina e hicieron un comic. Ahora saco un libro de cuentos que es una recopilación de los libros Los que comimos a Solís, Dos para arriba uno para abajo, En el campo las espinas, y muchos de esos cuentos tienen temas históricos.
-Hasta este momento, ¿cómo estaba conformado ese público?
-Fundamentalmente eran mujeres y la gente de Entre Ríos, mi provincia -yo nací en Larroque-. Entre Ríos es una provincia culta, hay que recordar que ahí estuvo el primer Colegio Nacional, que tuvimos a Juan L. Ortiz, a Fray Mocho y a Leguizamón, entre otros, porque es una regiòn con tradiciòn cultural. Yo como escritora entrerriana he tenido mi público. Por ejemplo, mi cuento "El biyi-biyi" se ha leìdo muchísimo en las escuelas. Y aunque en Buenos Aires no me dieran importancia, nunca me consideré una escritora marginal porque he sido autora de libros que han dado más de una edición. Aún el primero que fue La hora undécima (1961) tuvo un promedio de tres ediciones. Esto quiere decir que siempre conté con mi pequeño público. Esto pasaba desapercibido para la gente en general, para quien yo era un escritora del montón.
-¿A partir de La amante del Restaurador o Las batallas secretas de Belgrano, fue cambiando el público tradicional?
-Sí, creo que fue con El general ... que di el salto a otro público. Y mi gran sorpresa fue que empecé a llegar a los hombres. En la última Feria del Libro, lo que más me impresionó fue que muchas chicas y señoras e pedían que les dedicara el libro al marido, al novio, al hermano. He recibido llamados de señores de Mendoza, Córdoba y otras ciudades del interior del país. Creo que el Premio Planeta abrió un camino hacia la comunicación con la gente que es lo que más valoro de este último año.
-¿Qué le dicen sus nuevos lectores?
-El otro día, precisamente, me sorprendió un hombre que me llamó para decirme: "Señora de Miguel, acabo de leer el libro Las batallas secretas de Belgrano y lo terminé llorando". Yo le contesté: "Gracias, yo lo escribí llorando". Porque es un poco así. En esa parte en que yo lo imagino a Belgrano en Salta, muerto de frío, con los soldados hambrientos, el gobernador de Córdoba que comparte la carpa con él no puede dormir porque Belgrano tose y tose. Y le dice: "General, usted así no puede vivir". Y Belgrano le contesta: "Y ... bueno, aquí en esta capilla donde estamos enterrando a los soldados que se nos mueren, puede ser enterrado un general aunque ese general sea yo". Es una respuesta muy posible para una persona como él y muy emocionante.
-¿Qué lugar ocupan los jóvenes entre sus lectores?
- Otra de las situaciones positivas es la de los chicos en los colegios. Ahora dispongo de poco tiempo, pero hasta el año pasado yo iba periódicamente a dar charlas a los colegios. Me acuerdo que cuando salió La amante del Restaurador fui a un colegio privado secundario en Adrogué y los chicos me discutían porque había algunos rosistas. La directora estaba chocha conmigo porque los chicos se mostraban interesados en algo que comúnmente parece aburrido.
- ¿Alguna vez sucedió que sea un lector el que la sorprende a usted?
- Sí, es muy emocionante cuando se me acerca gente con información sobre alguno de los personajes que aparecen en mis novelas. Una vez en una charla que di, se me acercó una señora a decirme que una amiga suya le regaló uno de mis libros y le dijo: "Tomá, enterate de la historia de mi bisabuela loca". La mujer era una descendiente de Carlota Ferreira, yo nunca había encontrado a nadie que me hablara de ese personaje y resultó que esta señora era la hermana de Ulises Petit de Murat, amigo mío. Es decir que a la vuelta de mi casa tenía la historia y no la había encontrado.
-¿Cuáles cree usted que son las razones particulares de que en nuestro país exista de pronto una enorme masa de lectores ávidos por internarse en las páginas de la historia?
-Creo que hay muchas razones. Por un lado es un fenómeno que sucede en el mundo entero. En Argentina, en particular, pienso que tiene que ver conque somos un país adolescente. Y como buenos adolescentes, los argentinos nos preguntamos cómo nos ven los demás, cómo es nuestro carácter, de dónde vienen determinadas formas nuestras. Queremos saber. Esto es saludable, pero también es sorprendente.
-En su proceso creativo, ¿lo histórico antecede a lo narrativo o viceversa?
-En realidad yo nunca fui escritora de biografías. Escribí una sola sobre la escritora Norah Lange (1991), quien fuera la mujer del poeta Oliverio Girondo. Por eso, por lo general se me plantea alguna situación que yo quiero abordar y después llega el personaje histórico, se presenta solo.
-¿Cómo elabora el marco y la reconstrucción histórica?
-No soy de las que van a los archivos. Uso el material que está hecho, pero no sólo el material de los historiadores sino las memorias, los diarios, los recuerdos de la gente, como en el caso de Jaque a Paysandú (1983). A diferencia de una biografía en que tiene que ser todo muy exacto, en una novela se trata de dar vida al personaje y a los datos de la historia. Y donde no conocés el dato, inventás una situación. Donde la puerta está clausurada vos usás una llave y si no hay llave, usás la ganzúa como los ladrones e inventás una situación que -fundamentalmente- tiene que ser verosímil.
-¿La gente no le pregunta dònde termina la historia y dónde empieza la ficción?
-Sí, hace unos días me pasó algo curioso. Me llamó una maestra de Lobos que me dijo: "mis alumnos con sus libros están aprendiendo historia, pero el miedo que tengo es hasta qué punto lo que dice su libro no es ficción". Yo le dije que respeto mucho la historia, si me equivoco es porque encontré un dato mal.
-¿Cuáles son los cuidados que toma para no traicionar a la historia, pero tampoco traicionar a la ficción?
-Yo trato de no hacer una historia de alcobas, ese sería un riesgo. Siempre tengo en cuenta que son hombres que hicieron mucho, que tuvieron utopías, ideales y nos dieron un país. Eso es lo principal y lo demás es mostrar que eran como los demás hombres y que si ellos con sus defectos, con su mal o buen carácter, sus debilidades y sus dudas hicieron un país, nosotros que somos débiles y poco inteligentes y que tenemos dudas, podemos hacer algo con lo que nos tocó en suerte.
-Como escritora, ¿cuáles son para usted esos grandes temas sobre los que vuelve una y otra vez?
-Siempre he sido una persona muy curiosa y conflictuada con las razones de la vida,. Siempre me hice preguntas sobre el mundo y me detuve en esas cuestiones que lindan con lo filosófico y lo religioso. Son mis interrogantes y yo busco respuestas y soluciones a través de la literatura. Porque todos esos problemas yo me lo he planteado en situaciones de ficción.
-¿Por ejemplo?
-En La hora undécima trato un problema religioso. En Los que comimos a Solís (1965), que es el que viene después, trato el tema de la inmigración en mi provincia y en Puebloamérica ubico la historia en la época de la guerrilla. Hasta que llego a estas preguntas que intento responder con mis últimos libros: nosotros ¿cómo somos, de dónde venimos? Ahí me meto con una historia que me la enseñaron mal no sólo como estudiante, sino también como maestra me recibí sabiéndola mal.
¿Hay algún antecedente familiar de esta pasión por lo histórico?
-En mi casa se hablaba mucho de historia porque mi padre, que era un inmigrante español, era muy curioso e inteligente. Siermpre quería saber la historia del lugar y se preguntaba sobre Urquiza y yo escuchaba. Se fueron sumando cosas y este paquete que me dio la vida lo fui desenvolviendo así.
-¿Tiene alguna rutina específica de trabajo?
-Cuando empiezo un trabajo me vuelvo loca: quemo la comida, salgo a la calle con un zapato rojo y otro azul. De mí se puede esperar cualquier cosas. Cuando estoy escribiendo, generalmente, me levanto y me pongo a trabajar en mi computadora, a puertas cerradas, hasta el mediodía. Después almuerzo con mi marido y me duermo una siestita. Cuando me levanto, sigo trabajando y no hay sábados ni domingos. Además dos días a la semana tengo una actividad fuera de casa porque soy vicepresidente de la Fundación El Libro y desarrollo un trabajo con la Comisión de Cultura de esa institución. Es un trabajo ad honorem, muy lindo, porque entre otras cosas la Fundación es la encargada de organizar la Feria del Libro.
-Si tuviera que elegir uno, ¿cuál diría que es su mejor libro?
-A mí me gusta mucho Jaque a Paysandú.