El libro "Argentina: un país desperdiciado", editado por Taurus, reúne cantidad de artículos publicados (entre diciembre del 2001 y febrero del 2002) por personajes tan disímiles como los escritores César Aira, Mario Vargas Llosa, Andrés Rivera y Tomás Eloy Martínez; los políticos José M. Sanguinetti -de Uruguay- y Felipe González -de España-; varios economistas españoles y algunos popes del FMI (Anne Krueger, Joseph Stiglitz, Jeffrey Sachs, Rudi Dornbusch). Como se verá, un abanico de opiniones amplio y muy interesante, del cual rescaté algunos fragmentos -especialmente significativos, a mi criterio- del prólogo escrito por Joaquín Morales Solá:
"Si los dirigentes políticos fueran menos módicos, intelectual y moralmente, la crisis argentina podría verse con más objetividad. Podría, también, entreverse que el sendero de su conflicto se bifurca ahora, como en el jardín de Borges, entre la reconstrucción y las tinieblas. Nada es más cierto que uno de los problemas que obstruye la elección del camino correcto es, al fin y al cabo, una estirpe política descarriada y frívola, egocéntrica hasta el extremo de desconocer su propia derrota.
Sin embargo, no fue ése el único problema argentino. Descubramos otro surco frecuentado: tal vez no existan dos países (en América Latina, por lo menos) que hayan seguido con tanta disciplina, como lo hizo la Argentina, las políticas del Consenso de Washington. Durante una década, el país abrió las puertas de su aduana al libre comercio con una decisión desconocida hasta por los profetas de esa religión; dejó entrar y salir a los capitales financieros golondrina, que se llevaron monumentales ganancias; entregó todas las empresas de servicios públicos al capital extranjero (sin establecer mínimas polícias regulatorias y de contralor), y permitió que la arroparan todos los consejos del Fondo Monetario Internacional. Además del desquicio interno, la Argentina fue una probeta en el laboratorio de la inexperta globalización.
La miopía no fue una dolencia exclusiva de los dirigentes argentinos, incapaces de ver desde hace demasiado tiempo. En octubre de 1998, cuando ya existía la deuda homérica y la recesión indomable, que terminarían por detonar la crisis tres años más tarde, el entonces presidente argentino Carlos Menem fue recibido en un acto de homenaje inusual en las oficinas centrales del Fondo Monetario Internacional, en Washington. Con su debilidad estructural a cuestas, la Argentina era todavía, tardíamente ya, el "alumno modelo" del sistema financiero internacional.
Durante esa misma década, Brasil debió soportar innumerables presiones del propio Fondo Monetario Internacional, que rechazó puntualmente, para que hiciera "lo mismo que la Argentina"; esto es, para que fijara una convertibilidad que atara su moneda al dólar. Chile resistió el mismo consejo ("hacer lo mismo que la Argentina") para que permitiera ingresar sin condiciones a los inversores de capitales golondrina, que llegan y se van sin crear una sola industria ni un solo puesto de trabajo. Ninguna de las dos siguió esas recomendaciones.
Brasil y Chile, que advirtieron a tiempo los riesgos de una globalización controlada sólo por empresas y capitales financieros, carente por lo tanto de una mínima conducción política, son ahora los ejemplos de "países serios" frente a un "país irresponsable" (la Argentina).
En el medio, cambiaron las políticas de Washington y del FMI. Ya no habría paquetes de ayuda para nadie, dijeron, aunque luego se desdijeron en los hechos. Los capitales financieros comenzaron a huir de los mercados emergentes. La Argentina se quedó con una deuda monumental (130.000 millones de dólares) y casi sin empresas nacionales, arrasadas en los años noventa por una exagerada e incondicional apertura comercial.
Hay una primera responsabilidad de los dirigentes argentinos: actuaron con indolencia. Dejaron la fijación de las políticas fundamentales del país en manos de burócratas internacionales, seducidos por el interminable juego de la prueba y el error. Era, sin duda, más cómodo que otros hicieran el trabajo que les tocaba, mientras ellos pasaban de políticos pobres a gobernantes ricos.
Todo hay que decirlo: la corrupción de muchos políticos argentinos fue una condición que toleraron, por razones distintas, norteamericanos como europeos. Una década de denuncias sobre actos de corrupción en la administración pública sólo mereció el desdén imperturbable de dirigentes europeos y estadounidenses.
Estaban incubando el germen de la caída argentina: ¿podría existir una economía de libre mercado sin las regulaciones habituales que existen en todas las naciones modernas? Más aún: ¿podrían existir tales regulaciones si el Estado está dirigido por gobernantes corruptos, ocupados en hinchar su cuentas bancarias y no en defender la correcta aplicación de las leyes?
Ese modelo de país correspondía, además, a un solo y excluyente sector de la sociedad y de la propia dirigencia política. Felipe González, el político extranjero más querido por los argentinos, dice en este libro que el problema básico de la Argentina es, precisamente, la falta de consenso sobre un espacio público compartido. Ese consenso que decida -según la fórmula del ex presidente del gobierno español- que con las "cosas de comer" no se juega. González es un médico de diagnóstico certero: el problema -o gran parte de él- es que los políticos argentinos no hablan entre ellos ni saben qué proyecto de nación aspiran a respaldar.
Lo cierto es que la Argentina empezó a hundirse definitivamente en enero de 1999, cuando Brasil decidió su devaluación. Hacia Brasil iba más de un tercio de las exportaciones argentinas. El tipo de cambio fijo de la Argentina, la famosa convertibilidad, le restó en el acto capacidad para competir fuera de sus fronteras. Brasil no tuvo la culpa. Fue la Argentina la que no pudo -o no supo- acomodarse a un mundo proclive a la ductilidad de los tipos de cambio, como lo señalan en los textos siguientes casi todos los economistas más respetados del mundo.
Comenzó entonces un forcejeo insoportable: la economía exigía un ajuste o una devaluación (pequeña entonces), pero la sociedad argentina se resistía. La perseguía como un terror insobornable el solo recuerdo de los tiempos de hirperinflación. Las empresas de servicios públicos, casi todas europeas, presionaban en el mismo sentido que la sociedad: no debía tocarse la convertibilidad, porque los precios de las tarifas estaban valuados en dólares. No vieron que el retraso cambiario empobrecía a la sociedad, por obra de una pertinaz recesión, y que el estallido sería, a la larga, mucho peor que la corrección cambiaria. Así fue, finalmente.
El segundo mandato de Menem (1995-1999) no registró ningún esfuerzo destacable para reducir los gastos del Estado, mientras la deuda pública alcanzaba dimensiones homéricas. En el años 2000, la Argentina necesitaba de créditos al ritmo de dos mil millones de dólares mensuales para cumplir con los compromisos de la deuda y para financiar el déficit de sus cuentas públicas. Menem acababa de dejar el gobierno, inexplicablemente consentido por el halago del FMI y de los gobernantes europeos.
En el FMI y en Washington habían cambiado las políticas y también las personas. El sofisticado francés Michel Camdessus había sido reemplazado por el duro alemán Horst Köhler en la dirección del organismo multilateral. La intransigente norteamericana Anne Krueger había relevado al sagaz Stanley Fischer, también norteamericano, en la poderosa subdirección del FMI. En la Argentina, Menem había sido reemplazado por Fernando de la Rúa, el primer presidente de un gobierno de coalición, un líder frágil incapaz de gobernar con eficacia y realismo. Justo dos años después, caería empujado por la conspiración política y por sus propias y legendarias limitaciones.
Tras el derrumbe de De la Rúa, el FMI pasó de proteger la convertibilidad a promover la absoluta libertad del tipo de cambio. La convertibilidad había muerto; era ya sólo un cadáver insepulto. Pero, ¿era posible pasar de un tipo de cambio fijo, que duró una década, a otro absolutamente libre y flotante, con el pais sin bancos, sin crédito interno ni externo, y con casi cuatro años de recesión en sus espaldas?
La incapacidad de autocrítica del FMI es sólo comparable a la de los políticos argentinos. La decisión quedó, otra vez , en manos de los burócratas internacionales, que -como bien recuerda aquí Joaquín Estefanía- suelen dar consejos a países débiles que jamás se aplicarían en economías fuertes, como la de Estados Unidos o Japón.
No obstante, el gobierno argentino de Eduardo Duhalde, transitorio, débil e intelectualmente pobre, volvió a aceptar la receta tal como se la enviaron desde Washington. Resultado: la devaluación fue del 250 por ciento en pocas semanas; la inmensa clase media argentina (un distintivo argentino real con respecto de América Latina) se esfumó tras la línea de la pobreza; las empresas nacionales y extranjeras quedaron endeudadas en dólares en el exterior, mientras facturaban en pesos devaluados dentro del país, y los bancos fueron condenados a un "corralito" mucho más pequeño y estrecho aún.
El irresponsable default de la deuda pública y privada (otra derrota convertida en victoria por el extravío de los políticos argentinos) terminó por aislar definitivamente a la Argentina y por hacer interminable el castigo internacional que aún le propinan.
Muy pocos países pueden caer al abismo y no morir en el intento. La Argentina no ha muerto. El "otro" país -que Sanguinetti siempre recuerda- está intacto (...).
Sin crédito internacional, aislada del mundo y vituperada en todos los foros económicos, gobernada por los mediocres políticos de siempre, la Argentina comenzó sola, con todo, a dar señales de vida y a resurgir, otra vez, desde las cenizas.
El conflicto que no tiene solución todavía es el que refiera a la crisis de las instituciones; no hay gobernantes ni legisladores ni jueces argentinos que cuenten con un mínimo de credibilidad en la sociedad ni en el mundo. Los jueces son instrumentos de la política; los legisladores no construyen leyes para el Estado, sino para satisfacer patéticos actos de demagogia, y los gobernantes sólo tratan de eludir el camino que conduce al cementerio de los dinosaurios".