Un pequeño homenaje a Héctor Yánover. Se trata de una nota que extraje ya no recuerdo de dónde (razón por la cual no puedo citar la fuente a pesar de ser ése mi deseo -además de ser lo correcto-).


Héctor Yánover, 64 años, poeta y librero. Poeta de los de siempre, librero de los de antes. Un personaje de esos que sólo entiende lo que le pasa si lo escribe, repite el principio de las buenas novelas y los versos de memoria, a sus clientes les indica los textos que deben comprar y - según le gusta decir - se preocupa también "por los textos, no sólo por el precio". Nacido en Córdoba, se radicó en Buenos Aires y no la dejó más. Acostumbrado a rodearse de libros, Yánover no sabe contar su vida si no es por medio de pequeños relatos de otros: anécdotas compartidas con Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Oski, John William Cooke y otros compañeros de ruta. Historias que recuerda en detalle y que describe en esta nota.
Cordobés de nacimiento, Héctor Yánover llegó a Buenos Aires cuando tenía veinte años y todavía estaban vivos los escritores de la generación del 40 y la del 22. Igual que Antonio Sena Ibáñez, el joven autor de versos de su libro Las estaciones de Antonio, salió por primera vez de su lugar "de la única manera factible: yéndome para siempre".
Estaba convencido -tal como relata en el prólogo de esa obra - que "para ver y ser había que ir a la ciudad del puerto, allí adonde llegaban y de donde partían los grandes barcos y donde todo era posible". Desde entonces se radicó en Buenos Aires, sitio que no pudo abandonar ni siquiera cuando le ofrecieron hacerse cargo de la sucursal española de Editorial Paidós. A su provincia vuelve cada tanto, pero sólo de visita.
Solo en la Capital y sin trabajo, Yánover empezó a mandar cartas para conseguir empleo. No las firmó con su nombre sino con el de su personaje. Le contestaron de Pereda Pueyrredón Estancias, para ofrecerle un puesto como dactilógrafo a cambio de un sueldo que no estaba nada mal. "Yo por mí hubiera agarrado. Pero Antonio no. Él era un tipo más limpio, más idealista que yo. Esperaba otra cosa de la vida que escribir a máquina ocho horas diarias." Rechazó el ofrecimiento.
De todas maneras, aparecieron otros trabajos. Se dedicó a llevar la contabilidad en una editorial a la que faltaba, por ataque de hígado, cada vez que el día estaba lindo. "Cuando recuerdo esos años -aclara Yánover - entiendo las enfermedades de mis actuales empleados." También fue vendedor a domicilio de las obras completas de Lisandro de la Torre (tres volúmenes a 59 pesos que sólo le compraban sus parientes en un acto de misericordia) y corredor de libros con zona asignada de la avenida Entre Ríos para arriba, justo la mitad de la Capital en la que casi no había librerías.

La primera librería

En 1956, Yánover instaló su primer local de venta de textos en Santa Fe al 2400. Para el día de la inauguración, Geno Díaz había dibujado la imagen de Thomas Wolfe sobre la pared de entrada, la vidriera estaba montada en homenaje a Van Gogh y entre los libros había 1.200 ejemplares de El Gran Meaulnes de Alain Fournier, el autor francés a cuyas tierras visitó Yánover tiempo después.
Con el dinero que juntó al vender la librería -cuatro años después de su apertura-, el escritor realizó un viaje por América. "Recorrí las ruinas del Machu Pichu de noche y no pude resistir la tentación de recitar de memoria las Alturas del Machu Pichu de Pablo Neruda. Comprobé que los versos eran tan sólidos como las piedras" cuenta mientras muestra un volumen numerado de la primera edición de esa obra (1948) y recuerda la emoción que le causó escuchar esos poemas grabados por su autor en dos discos pequeños.
Durante su estadía en Cuba conoció al dibujante Oski -del que tiene dos originales colgados en una de las habitaciones de su casa - quien en ese momento trabajaba en la imprenta nacional, y también a John William Cooke. "Yo le dije: vos nunca vas a hacer carrera política, porque te faltan las armas de un político, es decir las peores cosas (mentir, simular). Ese hombre no era un político, era un poeta."
Por la década del 60, Yánover y dos socios empezaron a editar discos con las voces de distintos escritores. En 1968 pudo recorrer España gracias al dinero que la empresa recaudó con uno de los larga duración, el único que les dejó ganancias. Curiosamente, no era de literatura sino de humor. Viajó en un barco carguero y cuando la embarcación dejó los montículos de mijo en Cartagena, se las ingenió para llegar a Orihuela y visitar a la familia de José Hernández. "Cuando llego a una ciudad pregunto por los poetas, no por los libreros, fijate. Tal vez porque me quedé sin madre a los seis años y perdí a mi padre a los quince, me he fabricado una familia: mis amigos y los poetas", señala el autor.

Cortázar

Cada vez que Julio Cortázar venía a la Argentina llamaba a Yánover desde Ezeiza y le anunciaba que iba para la librería de Las Heras al 2200, la misma que tiene en la actualidad. "En el 74, en una de las oportunidades en que estuvo acá, me acuerdo que tomamos un taxi hacia mi casa y el taxista no quiso que le pagáramos: 'cómo le voy a cobrar, si traigo a un escritor tan grande como Cortázar, dijo. Ese mismo día -cuenta el librero - subíamos en el ascensor con una mujer y su hijita. Cuando llegamos la señora le dijo: 'ya se lo habrán comentado muchas veces pero, qué parecido que es usted a Cortázar'. 'Tan parecido que soy yo', le respondió él y la mujer casi se desmaya."
Cortázar no compraba libros, iba a saludar. Relaciones amistosas que, en muchos casos, Yánover entabló también con sus clientes. Charla con ellos, les selecciona libros y hasta les saca fotocopias cuando las obras son difíciles de conseguir. Así hizo, recientemente, con una mujer que quería encontrar un poema del que sólo sabía una línea. Pertenecía a Horacio Rega Molina, el librero se dio cuenta de inmediato. "Yo empecé a leer gracias a usted, me dijo el otro día una mujer y me contó que una vez vino a comprar un libro, yo le aconsejé que no llevara ése y le di otro: era El Barón rampante, de Italo Calvino", comenta Yánover. Lo mismo le pasó con un historietista muy conocido en Europa: Carlos Sampayo. "Escribo gracias a usted", le aseguró en una presentación de un libro en Barcelona y le recordó el día que le recomendó leer El largo adiós de Raymond Chandler. Estas son las cosas que llenan de orgullo al librero.
Hoy quedan pocos de estos libreros que, al igual que Yánover, tomaban su oficio "como una militancia". El mismo reconoce que cada vez atiende menos al público. "Antes, los libros se podían pagar a las editoriales a lo largo de seis meses, ahora el plazo es de treinta días como máximo. Entonces ya no podés arriesgarte a traer a Séneca porque hay que pagarlo en un mes -señala el poeta -. Además, las editoriales más grandes te mandan libros con derecho a devolución por 60 o 75 días. Pasado ese lapso, los textos se devuelven y ya nadie se acuerda de ellos. Por eso hoy todas las librerías son brillantes, de plástico y muy iluminadas. Pero no se te ocurra pedir a Cicerón, sólo tienen el libro en gran oferta a 24,90 y que compraron a 6,30 en un remate". En este contexto, entiende el autor, que ya no tienen sentido los libreros cultos y memoriosos. "Con la computadora los disquetes, sólo es necesario un tipo que maneje la máquina, sepa envolver y cobrar, nada más."

Escritos

Yánover tiene muchas más páginas redactadas que publicadas. Una cantidad de carpetas que se amontonan en por lo menos seis estantes de su biblioteca y que nunca fueron editadas. "Soy de los que escriben constantemente, todo el tiempo. No lo hago como un profesional sino como una forma de catarsis. Ningún hecho tiene peso, ningún sentimiento verdaderamente me atraviesa y ninguna pena me abandona si no los he escrito."
Todas sus vivencias importantes están pasadas a máquina. Por ejemplo, las que experimenté cuando lo internaron, por una operación de hernia, en una sala general de hombres en el hospital Fiorito de Avellaneda. "Cada cama era otro mundo. En una, había un muchacho de veinte años que, en una pelea con su padre, se perforó los intestinos de un disparo. Una noche escucho que empieza a recitar versos de Rubén Darío y de Beckett. Me dijo que su hermana trabajaba en una encuadernadora (después descubrí que pertenecía a Editorial Atlántida) y le regalaba los ejemplares fallados. Ese tipo se había aprendido los poemas de memoria, lo que significa que si él hubiera nacido en otra parte, nunca se hubiera peleado con su padre con un revólver en la mano."
Una de las emociones literarias más fuertes de Yánover fue la lectura de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Los editores de Sudamericana se lo pasaron, antes de su publicación, porque querían que conociera al autor y grabara un disco con el texto. "Me acuerdo como en una película, llegué a mi casa, comimos, mi mujer acostó a los chicos y yo quedé solo en la cocina. Me puse a leer a las diez de la noche y terminé a las seis de la mañana. En ese momento me dije a mí mismo: 'no leo ningún libro más de García Márquez, porque un hombre, en su sano juicio, no puede escribir otro libro como éste'. Lo mismo sentí con Herzog de Saul Below, dije: 'acá está la obra'. Y listo me desentendí de ellos. Después miré, hojeé sus otros textos pero lo que se da como comunión con un libro no se repite."
El autor, en cambio, no puede hacer una lectura tan exacta de su propia obra. Aunque sigue apostando a algunos de sus versos, ya no cree en su poesía como en otras épocas.
"Está claro que el mejor poeta de mi generación se llama Juan Gelman, no Héctor Yánover".

"Usted escribió mi vida"

A modo de homenaje de los editores a los libreros, los sellos Torres Agüero, Galerna y De La Flor publicaron, en noviembre de 1984, el libro Memorias de un librero, de Héctor Yánover. Dos mil ochocientos ejemplares que se agotaron en quince días. Es una de las obras que más satisfacciones le dieron a su autor. "Usted escribió mi vida", le dijeron -en referencia a las Memorias - una mujer que vendía textos en Quilmes, el jefe de un local de El Ateneo en Lima, dos cubanos y un argentino radicado en Israel, entre otros. La mayoría, libreros.
Entre otras anécdotas, Yánover recuerda cariñosamente a un hombre que le pidió El rosal de las ruinas y cuando se lo entregó lo hojeó y gritó: "Usted no me entiende. Yo quiero un libro, estos son versos. Un libro para leer. No versos". Así como a las personas que preguntan: "¿Tiene Crimen y castigo del Doctor Jekyll?", "Para mí, ¿cuánto es?" o "¿Me puede recomendar algo divertido para leer?". Y la peor de todas: " ¿De qué trata el argumento?" "Cuando le decís que es de un hombre que se disfraza de caballero, se pone una escupidera en la cabeza y sale montado por las calles -acota el escritor -, te dicen que no les interesan las novelas de viejos locos. Sin embargo de eso se trata el Quijote".
En el prólogo de la obra, Yánover afirma que para un librero resulta muy difícil ponerse a escribir un libro. "Nadie es más consciente de lo transcendente del paso y al mismo tiempo de la futilidad de eso", explica. No obstante, aceptó el desafío de ampliar las Memorias de un librero que serán publicadas en España por Editorial Anaya.

 

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